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Antihéroes: el valle y la coca

Debido a su gran producción de coca y cocaína, el VRAEM vive en una contradicción: es clave en la economía del Perú, pero a la vez es una región fuertemente estigmatizada. Un podcast sobre lo que el VRAEM tiene que decir sobre su identidad y cultura.

Tres historias sobre los mitos, las promesas y la identidad del VRAEM, uno de los principales valles productores de coca y cocaína del mundo.

Texto: Jimena Ledgard
Fotografías: Lali Houghton

Ilustración: Yerko Zlatar
Sonido: Irazema Vera

Existen solo tres países en los que se inicia y termina la cadena de producción de la cocaína: Bolivia, Colombia y Perú. Juntos suman cerca de 245 mil hectáreas de cultivos de coca. Dentro de estos, por una serie de factores geográficos, climáticos y políticos, son poquísimas las zonas productoras que cuentan con las propiedades necesarias para, además, procesar cocaína. Una de ellas es el VRAEM -acrónimo del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro-, un lugar copado de mitos y estigmas, y sobre el que se habla mucho, pero se conoce poco.

Presentamos tres historias sobre el VRAEM, contadas por los protagonistas de un lugar donde se invierten los retratos de los héroes y los villanos que se construyen desde los medios de la capital y los discursos de los gobiernos y la guerra contra las drogas. 

Escucha el trailer aquí:

Encuentra los tres episodios al final del texto. Estreno: 25 de marzo.

Según las mediciones de las Naciones Unidas, en Perú hay casi 50 mil hectáreas cultivadas de coca, el doble de las que hay en Bolivia. El valle juega un rol clave: ahí se produce cerca de la mitad de la hoja de coca del país y el 75% de la pasta básica de cocaína peruana. 

Al igual que otras zonas cocaleras de Latinoamérica, el VRAEM se encuentra simultáneamente en el centro y los márgenes del Perú: es clave en la economía del país, pero a la vez es una región fuertemente estigmatizada. Esta contradicción, en gran medida, se debe a la coca.

Para muchísimas de las más de 400 mil personas del valle, la venta de la coca para la producción de cocaína ofrece una alternativa económica debido a la pobreza ocasionada por el abandono que ha sufrido el pequeño agro en gran parte de los Andes durante décadas. Aunque el precio de la cocaína del VRAEM cayó en 58% durante el primer año de la pandemia, la coca es el principal generador de empleo e ingresos del valle

A diferencia de lo que sucede en Colombia, en Perú, como en Bolivia, el cultivo de coca es legal para el consumo tradicional y su venta también lo es para la elaboración de productos como galletas o té. Esto se debe, quizá, a que la historia de la coca (Erythroxylum coca) y del territorio hoy designado como el Perú es larga y antecede por mucho a la conquista española. Modelo único en la región, en Perú existe desde los años sesenta una empresa estatal que mantiene el monopolio de la comercialización de la hoja y sus derivados para consumo legal: ENACO. Aun así, se calcula que esta adquiere tan solo entre el 1 y el 10% de la producción nacional de la hoja de coca, comprándola además a un precio mucho más bajo que el ofrecido por el mercado ilegal. Además, al tener el monopolio de la compra, producción y distribución, ENACO tiende a verse sobrepasada en sus funciones, y se encuentra en permanente riesgo de quiebra a pesar del crecimiento del consumo de hoja. El atractivo del cultivo de coca para miles de familias, por ello, radica no solo en la productividad del cultivo, que se puede cosechar varias veces al año -a diferencia de cultivos alternativos como el cacao o la papaya- si no en su venta para a la industria de la cocaína.

En su versión no procesada, el consumo de coca es frecuente en Perú, Bolivia y partes de Argentina y Chile. El chacchado, que es como se le dice al hábito de masticar un bolo de hojas, es parte central a los hábitos de trabajo y el día a día en los Andes, y un remedio contra el mal de altura, la fatiga o el dolor de cabeza. Cultivada en los Andes desde hace miles de años, es una planta que crece especialmente bien en los valles que se encuentran en el tránsito de la cordillera a la Amazonía, una zona en Perú conocida como “ceja de selva”. Es allí, en esos valles de clima templado y baja elevación, donde la coca se desarrolla mejor, produciendo un cultivo del que se extrae el alcaloide necesario para producir clorhidrato de cocaína, pasta básica de cocaína y crack. 

Desde hace algunas décadas, el VRAEM no solo cultiva, sino que también procesa la hoja de coca para el consumo ilícito. Con la muerte de Pablo Escobar y la fragmentación de los carteles colombianos, en esta zona del Perú aparecieron químicos artesanales que se han vuelto expertos en adecuarse a los diferentes insumos necesarios para macerar y procesar la droga. Curiosamente, aunque según el gobierno de Estados Unidos los cultivos de coca en Perú han disminuido, la producción de cocaína se ha mantenido estable. Es decir, aunque el área es menor, el rendimiento por hectárea es más alta.  El alto nivel de productividad de la coca peruana parecería apuntar a lo que señalan muchos cocineros de pasta: en Perú, han logrado descubrir maneras de extraer químicamente más de la planta que en cualquier otro lado. 

El altísimo valor en el mercado ilegal de la cocaína, ha traído indudable crecimiento económico al valle. Quizá por eso existe lo que la investigadora Sofía Vizcarra ha llamado la “economía moral de la ilegalidad”, que considera al narcotráfico como una forma legítima de acceder a los beneficios del mercado que de otra forma le serían negados. En ese sentido, lo que más sorprende a un extraño sobre el VRAEM es que, en oposición a la imagen que los medios de comunicación generan sobre el valle, no se trata de una zona liberada y sin reglas, sino que opera bajo un orden que ha traído estabilidad, seguridad, y una baja criminalidad y tasa de asesinatos en comparación a otras zonas dominadas por el narcotráfico. De las muertes por sicariato a nivel nacional en el 2018, por ejemplo, Lima y Trujillo representaron cerca de la mitad, mientras que los distritos del VRAEM no registraron ningún caso. 

Fuertemente marcados por el conflicto armado interno, el sangriento enfrentamiento entre el grupo maoista Sendero Luminoso y el Estado peruano, y por su rol en el proceso de pacificación de los Andes entre las décadas del ochenta y el noventa, los pueblos del VRAEM se muestran orgullosos de su resistencia e identidad. Sus plazas exhiben monumentos a campesinos que conformaron los comités de autodefensa instaurados ante la amenaza senderista junto a estatuas que agradecen y festejan a la hoja de coca. Aun así, la percepción de que los últimos remanentes de Sendero Luminoso todavía sobreviven en el VRAEM y de que su alianza con el narcotráfico representa una amenaza al país, ha permitido al gobierno aplicar estados de emergencia desde el 2003 en algunas partes del valle, en períodos que se renuevan cada sesenta días, suspendiendo ciertos derechos humanos y la autonomía de la zona entera desde hace casi dos décadas. A diferencia de lo que sucede en Chapare, en Bolivia, bastión de Evo Morales durante su gobierno, en Perú el diálogo entre cocaleros y Estado lleva décadas truncado sin que parezca encontrar resolución. 

Los casi veinte años de estado de emergencia continuo y el aumento de los cultivos de coca y pozas de maceración hacen patente el rotundo fracaso de la guerra contra las drogas. Cada tantas semanas, las entidades encargadas de la lucha contra las drogas anuncian a los medios la destrucción de una poza de maceración como si se tratara de un gran logro. Pero en el VRAEM todos saben que cuando una poza es dinamitada, lo más probable es que ya haya sido abandonada y que a su alrededor se mantengan decenas en funcionamiento. Mientras que el gobierno enfoca su estrategia antidrogas en la erradicación de los cultivos ilegales que detecta como suministro del narcotráfico, no fiscaliza realmente el ingreso de los insumos químicos que se importan al Perú para convertir la hoja en clorhidrato ni la proliferación de industrias asociadas con el lavado. 

Estos aspectos y complejidades de la vida en el VRAEM no suelen ser tocados en los reportajes que se hacen de la zona. “Antihéroes: el valle y la coca” es una invitación a escuchar la vida en el valle de la boca de sus protagonistas. 


Episodio 1: El narco 
Siguiendo la pista de “el narco más peligroso del VRAEM”, viajamos al valle, donde descubrimos una realidad mucho más compleja que la que esperábamos.

Episodio 2: La comparsa 
En el 2016, una inusual comparsa del carnaval en el VRAEM sacudió a los medios de Lima. ¿Cómo se vivió en el VRAEM?

Episodio 3: La hoja 
La hoja de coca ha traído prosperidad al valle, a la vez que lo ha puesto en el centro de la lucha contra las drogas. Un controversial dirigente nos confronta con nuestras propias limitaciones.
Estreno: 23 de abril.


Antihéroes: el valle y la coca es un podcast escrito, producido y conducido por Jimena Ledgard y Lali Houghton, y editado por Irazema Vera, quien además compuso la música original de la serie. Es una investigación realizada gracias a la International Women’s Media Foundation y el Fondo para Investigaciones y Nuevas Narrativas sobre Drogas de la Fundación Gabo, y cuenta con el apoyo de Proyecto Soma. Agradecemos a Sofía Vizcarra y Annie Avilés por su apoyo en la investigación y escritura del podcast.

Jimena Ledgard (Lima, 1986) es filósofa y comunicadora de formación. Ha trabajado en televisión pública, medios independientes y publicado en distintos medios internacionales. Conduce el podcast Estación Ciudad, una serie documental sobre ciudades y poder. 

Lali Houghton (Nairobi, 1980) es un cineasta independiente y periodista de investigación británico-peruano, que se especializa en documentales observacionales para cadenas internacionales como BBC, Discovery, Al Jazeera, Channel 4, Netflix y Vice News. 

Irazema Vera (Puno, 1983) está detrás del sonido de Antihéroes y compuso la música original de la miniserie. Es diseñadora de sonido, productora musical e ingeniera de grabación y mezcla, además de multiinstrumentista y artista sonora. Estudió sonido en Chile y vivió un largo rato en Nueva Zelanda. Reside actualmente entre Lima para volver más seguido a su natal altiplano puneño.

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