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La revolución psicofarmacológica: el precio del progreso

"Lo que se necesita es una nueva droga que alivie y consuele a nuestra especie sufriente sin que haga más daño a largo plazo que bien en el corto", escribió Aldous Huxley.

Desde la primera mitad del siglo XX, el escritor Aldous Huxley identificó los riesgos que acarreaban los avances farmacológicos en el campo de la salud mental. Los médicos lo escucharon, pero solo hasta que se declaró la Guerra contra las drogas. 

Por Alex Brown
Traducción de Valentina Pérez Llosa

El escritor inglés Aldous Huxley es conocido por defender los psicodélicos sintéticos desde el inicio y, a la vez, por sus advertencias proféticas sobre los resultados del ‘progreso’. En su novela más conocida, Un mundo feliz (1932), escribió que ‘uno no puede obtener algo a cambio de nada’. Siempre hay un precio por el ‘progreso’ y a veces, quizás a menudo, el precio excede a los beneficios. Un mundo feliz describe un futuro en el que la independencia personal está prohibida y la gente es drogada con el ‘tranquilizador perfecto’  para lavarles el cerebro y que acepten su lugar en la sociedad. La autoridad del gobierno, la felicidad y el consumismo son valorados por encima de todo. Huxley produjo un gran catálogo de ensayos, libros y entrevistas advirtiendo sobre el potencial efecto negativo que él creía que acompañaría al desarrollo de la ciencia y la tecnología, efectos que nosotros hemos tenido el privilegio de observar.

Huxley (1894-1963) nació en  la era del optimismo científico. Escritores como H.G. Wells y Julio Verne pintaron imágenes fabulosas de un futuro científico imaginado. La realidad del mundo en que Huxley creció pintó una imagen diferente. Los europeos que vivieron la primera parte del siglo XX vieron la ‘primera guerra moderna’, la Gran Depresión, la ruptura de las comunidades tradicionales y el alza del totalitarismo comunista y el fascismo.

Huxley sintió que la realidad se alejaba tanto del progreso científico prometido que escribió su novela distópica como una sátira del anticuado H. G. Wells. Huxley no estaba solo: estos eventos dejaron profundas cicatrices en la psique europea. En 1940, el filósofo alemán Walter Benjamin escribió lo siguiente durante su exilio en París:

«Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas. Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja inconteniblemente hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad».

Siendo un marxista judío, Benjamin se dio cuenta de lo que iba a suceder cuando Francia cayó ante los nazis. Poco después, se suicidó en los Pirineos tras fracasar en el intento de trasladarse a los Estados Unidos.

Huxley no estaba estrictamente en contra del progreso científico: ‘Toda tecnología tiene  en sí misma un valor moral neutral. Solo existen poderes que pueden ser utilizados para el bien o para el mal’. Solía recurrir a la ciencia para resolver cuestiones urgentes. Por ejemplo, proponía invertir en alternativas al petróleo, como la energía solar y la eólica, para disminuir la tentación de los Grandes Poderes de declarar guerras en Medio Oriente. Tampoco volvía obtusamente la espalda al progreso social de su siglo. Huxley simplemente sentía que, si el ‘progreso’ no estaba al servicio de la humanidad, no se podía decir que hacía del mundo un lugar mejor sino, en muchos casos, lo contrario.

Al explorar las sombras del ‘progreso’ de su tiempo, Huxley encontró muchos desarrollos inquietantes. Se preocupó mucho por la erosión de los derechos personales. La creciente centralización del poder le parecía lo más peligroso de las democracias capitalistas. En 1958, escribió:

"Pero el progreso de la tecnología ha llevado y sigue llevando (…) a una concentración y centralización del poder. (…) En un mundo de producción masiva y distribución masiva el Pequeño Hombre, con su inapropiado abastecimiento de capital de trabajo, está en grave desventaja. Al competir con el Gran Hombre, pierde su dinero y finalmente su misma existencia como productor independiente; el Gran Hombre se lo ha engullido. Mientras los Pequeños Hombres desaparecen, más y más poder económico llega a las manos de menos y menos personas. (…) Esta Elite de Poder emplea directamente a varios millones de la fuerza de trabajo de un país en sus fábricas, oficinas y tiendas, controla a muchos millones más al prestarles el dinero para comprar sus propios productos y, a través de la propiedad de los medios de comunicación masiva, influencia los pensamientos, los sentimientos y las acciones de prácticamente todo el mundo".

A diferencia de su contemporáneo Orwel, Huxley no veía las futuras dictaduras como algo sostenido por el terror o la violencia física,  dado que ‘puedes hacer de todo con una bayoneta, excepto sentarte sobre ella’. Para Huxley, una tiranía de largo plazo requeriría el consentimiento de la población. Como escribió en Un mundo feliz, creía que la gente llegaría a amar su propia esclavitud, y que los avances de la propaganda y los medios masivos podrían conducir a ello. Vio un gran peligro en los avances de la publicidad en los Estados Unidos: al ver, por ejemplo, a niños cantando eslóganes comerciales, decía que las empresas estaban condicionando a los niños para ser futuros consumistas. Las implicaciones políticas de esta sofisticación le parecían incluso más preocupantes. La elección presidencial de Estados Unidos en 1956 hizo gran uso de teorías de márketing y merchandising, lo que Huxley interpretó como un socavamiento del proceso democrático:

"La democracia depende de la decisión inteligente, racional e ilustrada de cada votante por sus propios intereses. Pero lo que está haciendo [el márketing], tanto en los propósitos particulares de vender bienes como al trabajar para los propagandistas dictatoriales, es un esfuerzo por evitar el lado racional del hombre y apelar directamente a las fuerzas inconscientes bajo la superficie. Así que están, de cierta manera, convirtiendo el proceso democrático, que normalmente está basado en decisiones conscientes sobre fundamentos racionales, en un sinsentido".

Aunque puede parecer que Huxley era un eterno pesimista, ese no es el caso. Huxley le pedía a la gente que dé un paso atrás y examine si las innovaciones científicas tenían valores humanitarios. Esta exigencia, en el fondo, provenía de un sentido del optimismo: nunca es demasiado tarde para cambiar. La seriedad con que Huxley quería aproximarse a los nuevos avances se hace evidente en su reacción a la revolución psicofarmacológica, que describió en un artículo de 1958 del Saturday Evening Post:

"Deberíamos comenzar inmediatamente a considerar con seriedad el problema de los nuevos alteradores de la mente. ¿Cómo deberían ser utilizados? ¿Cómo pueden ser abusados? ¿Serán los seres humanos mejores y más felices con este descubrimiento? ¿O peores y más miserables? El asunto requiere ser examinado desde muchos puntos de vista. Es al mismo tiempo una cuestión para bioquímicos y médicas, para psicólogos y antropólogas sociales, para legisladoras y oficiales de la ley. Y también es una cuestión ética y una cuestión religiosa. Más temprano o más tarde –y mientras más temprano, mejor– las diversas especialistas involucradas tendrán que reunirse, discutir y luego decidir, a la luz de la mejor evidencia disponible y de una previsión imaginativa, qué debería hacerse".

Huxley dedicó mucho tiempo de reflexión al tema de las drogas y el uso de drogas. Solía preocuparse por su potencial como agente de control, pero también veía en ellas el potencial de una liberación espiritual y psicológica. A los 59 años consumió mescalina y escribió acerca de sus experiencias y reflexiones en Las puertas de la percepción (1954). Estas ideas las extendió en Cielo e infierno (1956) después de consumir LSD. Para Huxley, el consumo de drogas siempre existiría:

"La mayor parte de hombres y mujeres llevan vidas, en el peor de los casos tan dolorosas, en el mejor tan monótonas, pobres y limitadas, que las ganas de escapar, el ansia por trascenderse a sí mismos aunque solo sea por unos pocos instantes, es y siempre ha sido uno de los principales apetitos del alma. El arte y la religión (…) siempre han servido, como dijera H. G. Wells, como ‘puertas en la pared’. Y siempre han existido intoxicantes químicos para el uso privado y cotidiano".

Sin embargo, Huxley no estaba impresionado con las ‘puertas en la pared’ químicas a su disposición. El alcohol, el tabaco, el opio y la cocaína traían consigo efectos secundarios pesados. Por supuesto, también existían los nuevos tranquilizantes, que tenían usos médicos, pero a él le parecían poco inspiradores como agentes para la autotrascendencia. Sin embargo, la prohibición no era la respuesta a estos hábitos poco saludables:

"El ansia universal y perenne de la autotrascendencia no debe abolirse cerrando de golpe las ‘puertas en la pared’ más populares del momento. La única política razonable es abrir otras puertas mejores, con la esperanza de persuadir a los hombres y las mujeres de cambiar sus viejos malos hábitos por otros nuevos y menos dañinos. Algunas de estas mejores puertas serán sociales y tecnológicas, otras religiosas o psicológicas, otras dietarias, educativas, atléticas. Pero la necesidad de tener vacaciones químicas frecuentes del intolerable ser-uno-mismo y de los ambientes asquerosos sin duda continuará. Lo que se necesita es una nueva droga que alivie y consuele a nuestra especie sufriente sin que haga más daño a largo plazo que bien en el corto. (…) esto producirá cambios más interesantes, más intrínsecamente valiosos en la consciencia que la simple sedación o ensoñación, las ilusiones de omnipotencia, o el ser libre de inhibiciones".

Huxley vio la mescalina y el LSD como un paso gigante en esta dirección, y escribió con gran entusiasmo acerca de los efectos que tendrían en la sociedad. Los vio como una oportunidad para que la gente alcanzase experiencias religiosas continuas y una autotrascendencia temporal. Sentía que esto convertiría en redundante a la religión tradicional:

"Para la gente que ha tenido experiencias directas de autotrascendencia mental hacia el Otro Mundo de visión y unión con la naturaleza de las cosas, una religión de llanos símbolos probablemente no sea muy satisfactoria. Leer una página del más hermosamente escrito libro de cocina no sustituye una comida. Se nos dice que ‘gustemos y veamos que el Señor es bueno’".

En una de sus predicciones, escribió que “el renacimiento de la religión (…) no aparecerá como resultado de las reuniones evangélicas masivas o de las apariciones televisivas de curas fotogénicos”, sino de los descubrimientos bioquímicos autotrascendentes.

Estas teorías acerca de las drogas tuvieron influencia sobre una profesión médica que intentaba darle sentido a una demanda explosiva de drogas que alteraran el estado de ánimo. Las puertas de la percepción fue bien recibido entre los médicos británicos. William Sargent, el director de psicología del Hospital St. Thomas de Londres, escribió en el British Medical Journal:

“Este libro será una lectura muy interesante para médicos y, especialmente, para psiquiatras. Aumentará nuestra inquietud respecto a nuestros fracasos al intentar aliviar el sufrimiento mental de nuestros pacientes, que es traído a la vida de manera tan vívida en este libro. Podrá poner en perspectiva nuestros puntos de vista filosóficos acerca de estos problemas, que a veces están demasiado desprendidos de la realidad“.

Sin embargo, esta influencia menguó tras la muerte de Huxley en 1963. El pánico de las drogas y la ola anti-psicodélica de los 1960s tuvo un profundo efecto sobre la profesión médica. El psiquiatra checo Stanislov Grof lamentaba que, “aunque los reportes de dos décadas de experimentos científicos con el LSD están disponibles en la literatura psiquiátrica y psicológica, [los profesionales de la salud mental] permitieron que  el concepto de esta droga fuese formado por los titulares en los periódicos”.

En este nuevo ambiente, la autoexperimentación de Huxley ya no era aceptable. Su popularidad en la escena hippie no ayudó. Mientras el mismo Huxley y sus escritos eran quizá demasiado prestigiosos para ser atacados directamente, Las puertas de la percepción se descartó como una mala influencia en las revistas de medicina. Huxley solía ser celebrado en las revistas de literatura, pero Las puertas… apenas era mencionado y, si lo era, cualquier elogio era profundamente socavado para no promover el uso de drogas.

En 1971, el Reino Unido formalizó su postura anti-drogas con el Acto contra el Mal Uso de las Drogas y Nixon dio inicio a la Guerra contra las Drogas. Las investigaciones populares relacionadas a las drogas y su uso disminuyeron. El tono cambió y se volvió más combativo, de forma que la ‘Guerra contra las Drogas’ empezó a dominar el discurso. Es difícil imaginar la publicación de un libro como Las puertas de la percepción en las décadas que siguieron. Incluso menos probable habría sido una desvergonzada discusión filosófica del uso de las drogas en una revista popular como la que Huxley escribió para el Saturday Evening Post. Existen muchos efectos negativos bien documentados de la Guerra contra las Drogas, pero el silenciamiento de tales discusiones en el discurso popular no ha sido explorado con tanta profundidad. Sin embargo, la continuada existencia del uso de drogas y de la adicción demuestran la gran necesidad de tales discusiones.

Hoy, los psicodélicos están retornando al primer plano. Huxley probablemente tendría recelo respecto a este resurgir capitalista. El episodio ‘Dear Psychedelic Researchers’ del podcast Plus Three ofrece un alegato Huxleyano a tomar un paso atrás y recordar el punto de todo esto: trabajar por una mayor salud mental y por mejores vidas. La respuesta yace, en última instancia, no solo en los productos de una compañía farmacéutica sino en la naturaleza de las sociedades en las que participamos. Es un tema sobre el que Huxley escribió hace unos 64 años, y cuya necesidad probablemente siga siendo actual dentro de otros 64:

El progreso tecnológico y económico parecen haber estado acompañados por un retroceso psicológico. La incidencia de neurosis y psicosis parece aumentar. Hospitales más grandes, un tratamiento aun más amable de los pacientes, más psiquiatras y mejores pastillas – necesitamos todo esto, y lo necesitamos con urgencia. Pero no resolverá nuestro problema. En este campo, la prevención es inconmensurablemente más importante que la cura, ya que la cura simplemente regresa al paciente a un ambiente que engendra enfermedades mentales. Pero ¿cómo se puede lograr la prevención? Esa es la pregunta de los sesenta y cuatro millones de dólares.

ALEX BROWN es investigador, escritor y productor del podcast de historia de las drogas Hooked on History. Tiene una Maestría en Historia Contemporánea de la Universidad de Edimburgo.

VALENTINA PÉREZ LLOSA es investigadora especializada en cine latinoamericano y lenguas. Sus temas principales se enfocan en la relación entre cine, violencia política y género. Sus artículos y traducciones han sido publicados en medios como La Mula, Godard! y Etiqueta Negra. Cursa un doctorado en la Universidad de Hamburgo.

PUBLICACIÓN ORIGINAL. Este es un artículo publicado originalmente por Psymposia con el título Aldous Huxley on the decline of mental health following “progress” in capitalist democracies. Psymposia es una organización sin fines de lucro que ofrece análisis de las crisis sistémicas que enfrenta el mundo en la actualidad: las desigualdades socioeconómicas, los efectos devastadores del racismo, los sistemas legales penales y la prohibición de las drogas, la manipulación social a través de la vigilancia, el ecocidio global, entre otros temas. Puedes leer el artículo original aquí.

TRADUCCIONES SOMA. Debido al poco consumo en inglés en Latinoamérica, Soma traduce al español las mejores historias sobre drogas que se publican en distintos medios internacionales. Soma no coincide necesariamente a cabalidad con las opiniones o enfoques desarrollados en estos artículos, pero considera necesario su conocimiento para ampliar, mejorar y elevar el debate en torno a las drogas en Perú y Latinoamérica.

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