Curaduría Soma Testimonio Traducción

Cómo debió reaccionar mi familia cuando conté que consumía drogas

"He imaginado muchas veces cómo sería todo si mis padres hubiesen respondido con amabilidad y comprensión en vez de ira e intentos por controlarme".

Un testimonio sobre todos los errores que podemos evitar cuando las drogas llegan al hogar.

Por Lauren Rodota
Traducción de Valentina Pérez Llosa
Ilustración de Ally Monec

Mis padres no son precisamente conocidos por mantener la calma. A mi madre, que tiene problemas de salud mental, le basta que los tápers no estén en la repisa adecuada para perder la paciencia. Si alguien la critica, ella inmediatamente lo acusa de bullying o abuso.

Por eso no le conté acerca de mi uso de heroína por cerca de seis meses. Empecé a usar la droga alrededor del día que cumplí dieciocho años, en la primera mitad de 2017, y finalmente se lo dije medio año después. Sabía que se pondría furiosa, quizá incluso violenta. Pero no podía mantener un secreto como ese para siempre.

Me daba mucho miedo decírselo yo misma, así que se lo dije a mi enfermera en vez de a ella. Incluso cuando le pedía que no lo haga, la enfermera le repetía a mi madre todo lo que yo le decía. Por supuesto, mi madre se enojó y organizó sin demora una cita con mi psiquiatra.

Tanto ella como el psiquiatra, creyendo que todo uso de drogas es una adicción, insistieron en que yo entrase de inmediato en un programa de rehabilitación. Cuando les expliqué que mi uso no me había causado ningún problema y podía parar cuando quisiera, me ignoraron. Para ellos, mi cuidadoso razonamiento eran solo ‘justificaciones’ confundidas y causadas por la droga.

De hecho, todas las personas con quienes hablé creyeron que tenía que parar y ‘conseguir ayuda’. Una parte de mí empezó a estar de acuerdo con ellos. Después de todo, ¿cómo podían todos los adultos de mi vida estar equivocados de la misma manera?

Solo fui a la clínica de rehabilitación por unos dos días. Después de eso, mi padre se convenció de que yo ‘me estaba divirtiendo mucho’ –lo cual nunca tuvo sentido para mí, considerando que odiaba el programa y me costaba trabajo tomarme en serio todas sus tonterías basadas en Alcohólicos Anónimos– y me obligó a darme de baja.

Alrededor de un año después, retomé mi uso de heroína para lidiar con un ataque de depresión. Había sufrido una violación. Cuando mis padres se enteraron de mi consumo, me prohibieron salir de la casa sin supervisión y recibir visitas de mis amigos. Sus esfuerzos por detener mi uso solo me hicieron sentir impotente y atropellada, sin agencia en mi propia historia. El resultado fue que mi depresión empeorase, lo que después de un tiempo me llevó a mudarme a otro lugar… y a empezar a usar heroína de nuevo. No tenía otra forma de lidiar con todo esto. Antes de irme de casa, estuve a punto de suicidarme. No podía soportar lo sola que estaba y lo estrictos que estaban siendo mis padres.

Mi familia decidió que no podían confiar en que me cuidase sola. Por unos meses consideraron establecer una tutela legal sobre mí, algo normalmente reservado para personas seriamente discapacitadas por la edad o por enfermedades mentales. Felizmente, ese plan absurdo nunca se concretó.

Pero todo esto no debió haberme sorprendido. Mi padre es un católico del partido republicano con dinero que fue a un colegio militar y creció escuchando la propaganda de la Guerra contra las Drogas. Incluso hoy, sigue creyendo que solo las ‘personas pobres’ toman drogas ilegales (y las culpa en general por su situación en la vida). La verdad es que le tengo un poco de miedo: cuando se enoja, a veces utiliza su atemorizante voz de ‘sargento de instrucción’.

Aunque él, como casi todos mis parientes adultos, considera que el vino es parte de su cultura (tenemos sangre ítalo-albanesa o Arbëreshë), el uso de drogas ilegales lo horroriza y le da asco. Durante años me advirtió que nunca fumase hierba por miedo a que perdiese toda mi inteligencia y ambición. Sigo teniéndole miedo a la sustancia, aunque varios de mis amigos la fuman o usan comestibles con THC por diferentes razones. Pero él nunca mencionó la heroína, lo que hizo que fuese un poco más fácil para mí probarla.

Para ser clara, mi uso de drogas no era un problema ni para mí ni para otros. No le he hecho daño a nadie y no he robado nada. Siempre he usado equipos nuevos y estériles para inyectarme, así como kits de prueba para reconocer adulterantes como el fentanilo. Como resultado, nunca tuve una sobredosis o me enfermé. Los beneficios del uso –para mí, la mitigación de mi depresión e insomnio– tenían más peso que los daños. Además, ganaba suficiente dinero como escritora independiente y en trabajos diversos para cuidarme a mí misma.

He imaginado muchas veces cómo sería todo si mis padres hubiesen respondido con amabilidad y comprensión en vez de ira e intentos por controlarme. Porque su reacción en realidad tuvo el efecto opuesto al que ellos deseaban. Los regaños, insultos y malevolencia solo me hicieron sentir peor… y cuando me siento terrible es más probable que aumente mi uso.

Como la familia de Sebastián en Retorno a Brideshead, los controladores intentos de mis padres por curarme de mi uso de drogas solamente me hundieron más en la desesperanza e hicieron mi uso más frecuente. Un hábito que empezó por una relación abusiva lentamente se convirtió en una forma de lidiar con muchas formas de dolor y sufrimiento.

Humillar a las personas no detiene su uso de drogas, como el gobierno estadounidense se ha negado a entender durante el último medio siglo. Simplemente hará que les sea más difícil confiar en ti.

Cómo las cosas pudieron ser mejores

Si realmente te gustaría ayudar a un ser amado que usa drogas, empieza por preguntarle qué necesita. Escucha lo que tiene que decir. Apóyalo. Toma pasos para ayudarlo que no estén basados en el prejuicio. Si usa opioides, ten naloxona a la mano, y también si usa otras drogas porque estamos en la era en que todo se adultera con fentanilo. Evita usar lenguaje estigmatizante. Y no asumas que su uso es problemático, sobre todo si no tienes evidencia de ello.

Las drogas, como los hijos, son un tema emotivo. Pero es importante respirar hondo y no dejar que las emociones te controlen. En vez de enojarse, mis padres debieron observar la situación racionalmente. Traté de alentarlos a que lo hagan.

La adicción no es una enfermedad cerebral incurable y evitar todas las drogas para siempre no resuelve nada. En las circunstancias adecuadas y con ayuda, si es deseada, la mayor parte de la gente puede retomar el control de su uso y regresar a la moderación. 

En primer lugar, yo les había hablado voluntariamente de mi uso de heroína porque sentí que era algo que debían saber, no lo descubrieron a través de una sobredosis o algún tipo de crisis. Eso debió haberles mostrado que yo quería ser abierta con ellos, incluirlos en lo que realmente estaba pasando en mi vida, los sentimientos y circunstancias que me habían llevado a usar heroína en primer lugar.

Las hijas no tienen que ser completamente honestas con sus padres. Muchas de mis amigas se escapaban para ir a fiestas o salir en citas. Pero yo no. Traté de mantener todo sobre la mesa para que mis padres no tuvieran que preocuparse. Ni siquiera intenté salir en citas o consumir drogas hasta cumplir los dieciocho, tratando de hacer que las cosas fueran menos estresantes para ellos. Pero dieron todo esto por hecho.

En un sentido más amplio, la evidencia les hubiese mostrado que el uso de drogas no es problemático en sí mismo. Es por eso que las pruebas de drogas significan tan poco. La mayor parte de la gente consume sustancias en algún momento de su vida. La mayor parte no está sufriendo de adicción. Si una persona puede estudiar, trabajar, mantener relaciones y pagar sus cuentas, no necesariamente necesita ayuda.

Mis padres no quisieron aceptar esto y terminaron por enviarme una y otra vez a rehabilitación. Fue un absurdo desperdicio de dinero.

El programa de AA, al que también me obligaron a asistir, tampoco ayudó. Yo no era impotente ante mi uso. Todo lo contrario. Cuando quería, podía usar menos o detenerme sin mucho esfuerzo. El único éxito que tuvieron las reuniones fue irritarme y ofenderme. Debido a mi frustración, pasé la mayor parte de mi tiempo ahí teniendo discusiones teológicas o filosóficas con la gente.

Por supuesto, incluso si yo de verdad hubiese estado sufriendo de adicción, ese tipo de programa tampoco hubiese hecho mucho bien. Los estudios muestran que los programas de doce pasos solo funcionan para un 5-8 por ciento de la gente. El sistema de creencias no-científico al que están asociados, así como el lenguaje estigmatizante que usan, hacen increíblemente mucho daño. Nadie debería estar obligado a identificarse como ‘adictx’ para siempre.

La adicción no es una enfermedad cerebral incurable y evitar todas las drogas para siempre no resuelve nada. En las circunstancias adecuadas y con ayuda, si es deseada, la mayor parte de la gente puede retomar el control de su uso y regresar a la moderación. Aunque muchos sienten que estos grupos son reconfortantes, no son una solución, y los daños muchas veces son más grandes que los beneficios.

Obligar a alguien a asistir a un tratamiento –incluso a uno basado en evidencia científica– siempre es contraproducente e injustificable. Aunque parezca muy difícil, siempre deberías dejar que la persona misma decida si desea asistir a un tratamiento y, dado el caso, a cuál.

Yo intenté explicarles todo esto a mis padres, pero se negaron a escuchar. Siempre asumieron que estaba mintiendo o manipulándolos. Eran partícipes –sobre todo mi padre– de la bien extendida creencia en que los usuarios de drogas nunca dicen la verdad.

Aunque es verdad que algunas personas que usan drogas mienten algunas veces sobre su uso, se trata de un comportamiento racional. Vivimos en un mundo que trata a los usuarios de drogas como subhumanos. La gente que usa drogas no miente porque no es capaz de decir la verdad gracias a una especie de propiedades mágicas de la adicción a las drogas, lo hacen para evitar consecuencias sociales o legales. Tú también mentirías, estoy segura, para evitar un maltrato horrorizante.

Pero yo realmente no soporto mentir. Gracias a mi síndrome de Asperger tengo una aversión casi patológica a la falsedad e incluso suelo dar demasiada información para evitar ‘mentiras por omisión’. Siempre trato de decir la verdad, incluso cuando hacerlo puede hacerme daño. Mis padres debieron saber esto, dada la información que les di voluntariamente sobre mi uso de heroína. Pero estaban cegados por los estereotipos y la propaganda.

Invasiones de privacidad y una confianza rota

Mientras aún vivía con ellos, también empezaron a rebuscar mis carteras y mi habitación. Cuando encontraban agujas o naloxona, así como las drogas mismas, las botaban a la basura.

Aunque entiendo hasta cierto punto por qué hacían esto, no me ayudó en nada. Si mis padres hubiesen realmente querido mantenerme a salvo, se hubiesen asegurado de que siempre tenga instrumentos estériles y que nunca consuma sola. 

Además, la nueva falta de privacidad violaba mi intimidad. Sentía que no podía confiar en mi propia familia por cómo me trataban. Las humillantes búsquedas me traumatizaron. Desde entonces, me he vuelto absurdamente defensiva cuando se trata de mi habitación. Incluso ahora entro en pánico cuando alguien abre la puerta. No puedo dejar entrar a nadie.

Como si esto no fuese suficientemente angustiante, por un tiempo mi padre estuvo convencido de que yo tenía que estar robando aparatos electrónicos para ‘financiar mi hábito’. ¿Por qué robaría cuando podía simplemente usar el dinero que ganaba? Nunca he tenido mucha tolerancia, así que no necesito costear grandes cantidades de drogas. Suelo alternar entre épocas de consumo y de abstinencia. Sin importar lo que dicen los estereotipos, la mayor parte de la gente que usa drogas trabaja para poder comprarlas.

Una recuperación no gira en torno a cuántos días una persona ha estado en abstinencia. Ese es un mito peligroso. Más bien, se trata de que la persona viva una vida positiva y satisfactoria.

Así como las búsquedas, las pruebas de drogas hacen más daño que bien. Además, no les dicen nada útil a quienes hacen la prueba (mis padres). Algunas veces salí positiva por drogas que nunca había usado, como marihuana. A veces salía negativa cuando no lo estaba o positiva para heroína cuando estaba en abstinencia.

Pero la falta de fiabilidad de las pruebas de drogas no es su único vicio. El resultado de una prueba, incluso si es exacto, significa muy poco porque el uso de drogas y la adicción a las drogas son cosas totalmente diferentes. Si mis padres realmente querían saber si yo tenía un problema relacionado a las drogas debieron haber observado mi capacidad para funcionar en el mundo.

El solo hecho de hacerle una prueba a alguien también es una violación de su privacidad. Al imponer una prueba, básicamente le estás diciendo a la persona que no confías en ella, erosionando aún más el respeto mutuo. La humillación de ser obligada por mi madre furiosa a orinar en un vaso –como si el estado de mi orina dijese algo acerca de mi valor como ser humano o mi capacidad para funcionar en el mundo– me fastidia hasta hoy. Al obligarme a hacerme las pruebas, mis padres me hicieron incluso más difícil confiar en ellos y no aprendieron nada útil. Simplemente no lo hagas.

Si parece que mis recomendaciones son más bien una lista de ‘no hagas esto’ que de ‘haz tal cosa’ es porque las cosas que debes hacer –escuchar, amar, apoyar, obtener herramientas de seguridad prácticas, ayudar hasta el punto en que la ayuda es bienvenida– son enumeradas con facilidad, aunque difíciles de seguir.

De todas formas, aquí viene un último ‘no lo hagas’: nunca obligues a alguien a desintoxicarse. Hacerlo no le ayudará. De hecho, al disminuir la tolerancia de una persona, detener el uso repentinamente incrementa el riesgo de una sobredosis fatal cuando vuelva a consumir, lo que la mayor parte de la gente hace.

Si lo que se necesita es una recuperación, esta no gira en torno a cuántos días una persona ha estado en abstinencia. No se trata de poder pasar pruebas de drogas o de evitar todas las substancias. Ese es un mito peligroso. Más bien, se trata de que la persona viva una vida positiva y satisfactoria.

Cuando yo no uso heroína suelo estar demasiado deprimida para trabajar o estudiar. No puedo hacer nada. A veces no como durante varios días. Cuando estoy usando, por otro lado, soy perfectamente funcional. Para mí, abandonar el uso es un paso hacia atrás, dado lo inútil que me vuelvo. Un suministro seguro, por lo tanto –por más difícil que sea conseguirlo en este tiempo – probablemente sea la mejor opción para mí.

Por supuesto, todo el mundo es diferente. Algunos abandonan el uso y están felices con eso. A otros les va mejor cuando pueden consumir sustancias con moderación, quizá usando solo algunos fines de semana. También hay medicamentos, como la metadona o la buprenorfina, que ayudan a muchos.

Cuando se trata de un uso caótico o disfuncional de sustancias, las drogas mismas no son el problema. Eliminar, por ejemplo, la heroína o el alcohol de la vida de una persona no va a ‘curarlas’. Las sustancias sirven a un propósito, y el uso problemático de drogas debe entenderse como una estrategia para hacer frente a otros problemas.

Entender qué beneficio le dan las drogas a una persona puede ayudarte a comprender cómo ayudarle… si es que necesita y quiere ayuda. Alentarla a resolver los problemas que está tratando de aliviar de una manera más segura y saludable tiene más sentido que una actitud que pone la abstinencia por encima de todo y que solo exacerba las batallas subyacentes. (-Soma-)


ARTÍCULO ORIGINAL. Este artículo fue publicado originalmente con el título How I Wish My Parents Had Reacted to My Heroin Use en Filter Magazine, una revista en línea que cubre el uso de drogas, la política de drogas y los derechos humanos a través del lente de la reducción de daños. Sigue a Filter en Facebook o Twitter, o suscríbete a su newsletter.

LAUREN RODOTA es el pseudónimo de una escritora y periodista que vive en el área de Washington, DC (Estados Unidos).

VALENTINA PÉREZ LLOSA es investigadora especializada en cine latinoamericano y lenguas. Sus artículos y traducciones han sido publicados en medios como La Mula, Godard! y Etiqueta Negra. Cursa un doctorado en la Universidad de Hamburgo.

ALLY MONEC es una ilustradora chilena. En su obra se reflejan temáticas sobre feminismo y cotidianidad. Puedes conocer más sobre su trabajo en su Instagram @allymonec_ilustraciones

TRADUCCIONES SOMA. Debido al poco consumo en inglés en Latinoamérica, Soma traduce al español las mejores historias sobre drogas que se publican en distintos medios internacionales. Soma no coincide necesariamente a cabalidad con las opiniones o enfoques desarrollados en estos artículos, pero considera necesario su conocimiento para ampliar, mejorar y elevar el debate en torno a las drogas en Latinoamérica.

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