Contenido Soma Ensayo

Cuando nos juntábamos a bailar

El valor de las fiestas y las drogas para bailar después de la pandemia del coronavirus.

Una resignificación de las fiestas y el éxtasis desde el distanciamiento y el encierro.

Por Rodrigo de las Casas (Dr. 100)

Estar atento a la audiencia es una actitud vital para un DJ. Si uno lo hace bien, consuma una especie de ritual. La recompensa de impartir el ritmo del rito y la comunión de los participantes es una sensación irremplazable. Lo sé más que nunca ahora, ahora que, gracias a la pandemia del coronavirus, es imposible lograrlo tocando desde mi casa, virtualmente, por livestream. La comunión a la que asistíamos religiosamente, alimentada por el alcohol, la marihuana, la cocaína, el MDMA, los poppers, los hongos, los ácidos, ya no es posible. Ahora, en eso que parecía solo una entrega desenfrenada al hedonismo, parece que había algo más en juego. 

La primera vez que tomé una pastilla de éxtasis fue en un concierto de Fatboy Slim, el día que cumplí veinte años. Más o menos sabía lo que hacía. De niño había escuchado mucho sobre el peligroso y violento mundo de las drogas, pero en ese entonces me sentía un joven intelectualmente emancipado de esas percepciones gracias, en cierta medida, a una adolescencia entera curioseando información en internet y el coqueteo con algunas otras drogas. 

Durante la década del noventa, la música electrónica como el house o el techno se había popularizado en algunas discotecas limeñas, pero para 2010, cuando llegó el ícono de la electrónica mainstream, los conciertos de grandes artistas en Perú se estaban dando como nunca antes. Si antes era considerada una escena desierta, los espectáculos de Roger Waters y del reencuentro de Soda Stereo habían iniciado la llegada de artistas internacionales. Si algo sabía de los raves era a través de videos de internet, foros, blogs y música descargada en torrents. Mi idea general de un rave estaba construida por imágenes de afuera, imágenes de fiestas en los sótanos de Nueva York, en fábricas abandonadas de Manchester, en almacenes de Berlín. Este era un concierto para ravers mucho más viejos que yo, que venían esperando mucho tiempo algo así, pero podía reconocer el ambiente, la estética, los símbolos, las relaciones: la cultura rave.

Simon Reynolds, periodista e investigador de la escena de música electrónica, reconoce que ‘lo rave’ es propiamente una subcultura, con rituales, moda y, por supuesto, una música específica. En su descripción de la escena británica, afirma que lo que sucedió a finales de los ochenta fue la cristalización de un formato nuevo para el goce de las juventudes en el cual la música electrónica y sus patrones hipnóticos y repetitivos jugaron un rol tan importante como el consumo masivo de éxtasis. No era casualidad que el concierto de Fatboy Slim -que en 1997 había titulado su primer disco Better living through chemistry– pusiera en mi boca por primera vez el mal sabor de una pastilla con forma de Homero Simpson.

Imágenes de The Hacienda, una de las salas de concierto más populares de la ciudad de Manchester durante la década de los ochenta y noventa.

En una fiesta así, las drogas no son un accesorio. La música es un fenómeno acústico, es decir, de ondas y cambios en la presión del aire. Los oídos humanos son sensibles a estos cambios de presión e interpretamos dichas ondas como sonidos, palabras o música. En un concierto de esta magnitud, los niveles de presión del aire no solo se escuchan, también se sienten como presión en el cuerpo. Uno no baila igual con el estéreo de su casa que con el sistema de sonido de un concierto que puede generar un efecto corporal. La música electrónica aprovecha mucho este aspecto, con potentes líneas de bajo repetitivas y bombos que sientes en el pecho. Y a eso se suma la sensación de miles de personas bailando, energizadas por la música. 

El término ‘rave’, de hecho, denota, en su uso original, locura o delirio, pero fue resignificado, desde los sesentas incluso, como un evento colectivo donde las personas buscan ese sentimiento.

Si bien los DJs cumplen un rol importante como orquestadores de una escena, Reynolds ha explicado que es la masa de danzantes la real protagonista de los raves: “los raves eran fiestas de colectividad anónima, donde la conciencia individual se disuelve en una vibra tribal”, menciona. La suma de los efectos del consumo de sustancias, como menciona la investigadora argentina Ana Camarotti al estudiar la relación entre MDMA y las fiestas de electrónica en Buenos Aires, pueden producir efectos psicotrópicos y psicológicos diversos como la supresión del pensamiento y emociones, generando un estado alterado de la conciencia. Esto evidencia, según la misma Camarotti, el uso funcional de la droga: permite largas sesiones de baile y reinterpretar la música que se recibe.

Como señala la plataforma de comunicación científica El Gato y la Caja, el efecto del MDMA -la 3,4-metilendioximetanfetamina- “es como ser disparado en un misil balístico hacia la tierra del amor y el bienestar”. No en vano, el día de hoy esta misma sustancia está siendo estudiada en espacios controlados como insumo para tratamientos con psicoterapia. Pero, no solo se trata de la sensación de bienestar, euforia, empatía y amor hacia los demás, sino que también estimula y cambia la percepción táctil, olfativa, y, a veces, la visual y auditiva. Asimismo, estimula el deseo sexual, aunque a la vez dificulte el orgasmo, dilate las pupilas, eleve la temperatura corporal -por lo que se suele reemplazar las botellas de cerveza por las de agua-, provoque bruxismo momentáneo, aumente la presión y genere insomnio.

Sus bajos niveles de daños a la salud están corroborados. Si bien no se recomienda su uso lúdico en personas con algún problema psiquiátrico, el Comité Independiente sobre Drogas del Reino Unido ha demostrado, con el respaldo de la revista científica The Lancet, que el consumo responsable de éxtasis resulta abismalmente menos dañino para el usuario y su entorno social que otras sustancias comunes como el alcohol, el tabaco o la benzodiacepina del clonazepam. Sin embargo, las organizaciones de reducción de daños recomiendan que, si se ha decidido consumirla, siempre se inicie con dosis pequeñas para evaluar la intensidad de las sustancias que se adquieren sin ningún tipo de garantía debido a su ilegalidad. 

Es verdad que las drogas alteran los cuerpos de quienes las consumen, que potencian nuestros neurotransmisores, que interactúan con el sistema nervioso central. Pero como señala el investigador Jörch Fachner, un análisis fisiológico resulta muy estrecho para entender las drogas. Fachner es un filósofo que examina la relación entre música y drogas desde una perspectiva fenomenológica, observando principalmente las transformaciones de la percepción temporal con el consumo de drogas. Para él, no se puede perder de vista que estas experiencias son parte de un hecho social y cultural establecido previamente: lo que las personas piensan y esperan del consumo. Por eso, la música y las drogas son elementos que pueden trabajar juntos para que un ritual sea “exitoso”, en tanto pertenecen a un mundo simbólico que las vincula fundamentalmente. 

Los rituales de ayahuasca, por ejemplo, permiten entender la música como un factor crucial de la toma de sustancias psicoactivas. Como menciona la investigadora y terapeuta de la práctica de la ayahuasca Susana Bustos en sus estudios, los ícaros, las canciones que se cantan durante las ceremonias, cumplen una función práctica en el ritual mismo. Tan práctica y necesaria como el mismo consumo de la ayahuasca. Los ícaros, menciona, metabolizan las visiones para guiar la exploración personal que lleva a cabo cada persona. El etnomusicólogo Philip V. Bohlman, por ejemplo, afirma que es casi imposible encontrar una religión en la cual alguna forma musical no acompañe los textos sagrados. No es casualidad que ahora, cada año, la Encuesta Global sobre el Consumo de Drogas pregunte a los voluntarios cuáles son sus géneros musicales favoritos. 

Mi concierto de Fatboy Slim no fue un concierto de miles de personas en una fábrica abandonada en Manchester, pero cumplió las condiciones que predica Reynolds. La pastilla que tomé, probablemente MDMA mezclado con algo más -el análisis de sustancias, tristemente, no ha llegado aún a la capital peruana-, logró hacerme bailar por horas y me abrió un gran apetito por tocar otros cuerpos y ser tocado, como una forma genuina de afección. Y todo esto, lleno de la euforia característica, esa sensación de ligereza y alegría que genera no solo una sonrisa, sino la mueca de la misma, la sensación en el rostro de una sonrisa que no se borra. 

Fatboy Slim llegó a Lima en el año 2010 y se presentó en la explanada del Estadio Monumental. Asistieron alrededor de cinco mil personas. Dos años después volvió a tocar en el mismo lugar.

Quizá era muy joven para entender la complejidad del fenómeno en ese entonces, pero no tanto como para no intuir que algo más estaba ocurriendo. Algo resonó en mi vida por mucho tiempo. No era sólo la música, el baile o las drogas. Era todo eso junto, en una relación recíproca y fructífera que nos acercaba a algo parecido a una liberación. 

La medicina

Tres años después, yo mismo estaba haciendo música electrónica. En 2013, con otros artistas locales –Mono con Suerte, Mijail Mitrovic, Andrei Marambio y Lukro-, formamos Matraca, un sello online de música electrónica alternativa. Había encontrado mi instrumento: la computadora. Se me abría un mundo de posibilidades expresivas e interactivas nuevas. No sólo era un espacio para crear música con un nuevo instrumento, sino para establecer relaciones con personas a través de una selección musical: la magia de ponerlos a bailar. El juego con la medicina o la terapia que me proveía el nombre Dr. 100 lo aproveché inmediatamente. No era solo un recurso creativo. Sabía que la música y el baile producían un efecto positivo en las personas, una especie de curación. Ser el orquestador del baile era ser el distribuidor de una “medicina”, de una droga. 

En mi primera tocada importante hubo solo 20 personas. Pero a las 11 de la noche, no importaba si el público era poco. Junto a Nubes, un amigo y productor local, nos tocó ser los primeros de una larga lista de teloneros del concierto de Traxman, vital representante de la escena del juke y footwork de Chicago. Es normal abrir las fiestas cuando se empieza a tocar como DJ. Es una tarea noble que implica suprimir el ego que dicta el deber de ser siempre el protagonista. En realidad, en esa posición el reto es abismal. Debes animar a las primeras personas a bailar. Nadie quiere ser el primero en aparecer en una pista de baile, pero con la canción adecuada, la energía correcta y, por qué no, un buen sistema de sonido, es perfectamente posible conseguir a los primeros. Esa noche teníamos esa tarea. Y lo logramos en una tocada de una hora. Iniciamos una vibra y una sensación musical que seguiría creciendo el resto de esa noche, así como al cabo de media hora, cuarenta minutos o una hora, el éxtasis suele crecer dentro del cuerpo. 

Había esperado a terminar mi turno para tomar MDMA. No lo habría logrado de otra forma. La sensación afectiva y corporal afectan mis sentidos y mi capacidad de respuesta; dos elementos que requiero controlar para poder tocar bien. Tocar drogado es una tómbola que hay que saber jugar. Hacer una perfomance en vivo, sea actuar, tocar un instrumento, poner música, tiene el riesgo de ser en tiempo real. Necesitas el control de tus reacciones. Debemos mantener un profesionalismo para resolver nuestra labor de la mejor manera. Es común la cara de seriedad de los DJs y de los sonidistas cuando estamos arreglando tecnicismos sonoros mientras el resto se acerca feliz y peligrosamente a la mezcladora con sus vasos de cerveza. Pero lo vale: poder pasar de un lado a otro de la cabina es un privilegio único del DJ. 

Ya entre las 150 personas que excedían el aforo de la casona antigua de Barranco, en medio del calor y el poco espacio, se sentía cómo los cuerpos se invadían de sudor y rebotaban al unísono en la oscuridad, ante los ojos de Traxman. Y todo lo que podría parecer una incomodidad, en la masa se volvía atractivo. La clásica transmutación del rito de un rave. 

Cornelius Ferguson, conocido como Traxman, se presentó en abril de 2016 en el Jabberwocky club, en ese entonces un local ubicado en el distrito de Barranco, dedicado principalmente a la música electrónica.

Lima no es la escena de los raves británicos de finales de los ochenta, ni de los masivos conciertos de electrónica mainstream en Estados Unidos, pero conserva el sentido de pertenencia a una colectividad y el disfrute genuino de la música. La fiesta de Traxman ese día,  sus ritmos acelerados de 160 beats o pulsos por minuto (BPM), bajos fuertes y samples repetitivos -“Shake that ass, shake that ass, shake that ass” ad infinitum- era una muestra de lo que puede unir a las personas en cualquier parte del mundo. 

Y es dicha unión la que está en juego hoy. El ritual del rave o de la fiesta de electrónica o del reggaetón se pierde sin esa conexión presencial que se media y potencia muchas veces con drogas. El filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han ha advertido que dado que los rituales los experimentamos a través de una cercanía física, la pandemia y la aceleración de una digitalización voraz, descorporiza al mundo y a la experiencia comunitaria. La solución digital de las fiestas es también una enfermedad: provee una salida pero cercena indefectiblemente las sensaciones que la caracterizan vitalmente.

Lo que nos une, quizá, es la esperanza que esto no es para siempre, que lo perdido regresará. Aunque lo cierto sea que no lo sabemos.

Para volver a las fiestas

En el último Halloween, gracias al colectivo de música electrónica underground Casa Locasa, otra casona antigua, esta vez en el centro de Lima, estaba llena de disfraces, colores, espejos y luces. Las bolsitas de MDMA, las llaves con coca, el humo de la marihuana, iban y venían. Era el paraíso de las sensaciones. Todas las individualidades parecían estar disueltas. Todos parecían haber acabado con cualquier rastro que sus oficinas hubiesen impregnado en ellos. Esta vez mi tocada tenía un buen horario, el bolo era bueno, había mucha gente y expectativa por mi acto. Así, una emoción más grande estaba en juego: debía ser el ‘sacerdote’ del rito y comandar casi directamente la catarsis o depuración de los asistentes. 

No es una manera de decirlo, es lo que sucede de verdad. Se trata de distribuir la energía de las canciones tanto a través del ritmo y el volumen, ordenando así el baile y las emociones de las personas. Tocar desde casa no tiene ese efecto. La intención de estar presente en un evento musical existe, pero no la intensidad que los caracteriza. No se puede leer al público y mucho menos controlar la acústica -el equipo de sonido, la sonoridad del espacio, el volumen- al que este está expuesto. Las variables se han reducido dramáticamente. Lo único que importa ahora es la música que se pone. Hoy, nada nos diferencia con un DJ de la radio. ¿Y mañana?

El futuro que construiremos post pandemia deberá valorar realmente el sentido que tiene salir a bailar y drogarse. Consultados sobre cuánta falta les hacía salir a un bar, ir de fiesta o a un festival, en una escala donde 1 era poco y 10 mucho, más del 50% de los usuarios de sustancias psicoactivas respondieron de 5 para arriba, según una encuesta de la organización colombiana Échele Cabeza realizada a poco más de mil doscientas personas de la región. Para poder pensar ese mundo con fiestas, raves, drogas y cuerpos rozándose, será imperativo entender que no es una actividad trivial o irrelevante, ni mucho menos criminal. 

La música y las drogas han sido parte de la historia de la humanidad por milenios. La música pertenece al territorio ritual de manera evidente. Su capacidad de unión y de ‘hablar’ de modo “universal” es ampliamente reconocida. Recuerdo claramente la potencia de las voces resonando en los techos altos de la nave principal cuando de niño acompañaba a mi madre a la iglesia los domingos. La experiencia musical en ese momento no era accesoria, por lo menos mantenía entretenido al pequeño Dr.100. Si a ello le sumamos la alteración de las percepciones y los procesos cognitivos que producen las drogas, y más aún la montaña rusa de emociones que genera el MDMA, podemos darnos una idea. 

Fotografía de Krists Luhaers, bajo licencia Creative Commons en Flickr.

Las fiestas y las drogas nos permiten encarnar un ser más libre. Un ser que vive su cuerpo de una forma más consciente, que se empodera en el baile y en el sentido de comunidad que proveen los demás. En el artículo Dancing and the Brain del boletín del Harvard Mahoney Neuroscience Institute, se afirma que el baile activa un doble goce, estimulando al cerebro desde el lado motriz hasta el perceptivo. El baile, la música y las drogas, nos desconectan -desconectaban- brevemente de la rutina, del trabajo, de la llamada pendiente, de la ciudad colapsada, del trágico panorama político, de las preguntas por la vida.

Como señala Reynolds, no hay un aspecto político directamente enfrentado en los raves, pero, por ejemplo, en un momento como el que atravesaba el Reino Unido bajo la política neoliberal de Margaret Thatcher pregonando el individualismo económico, la disolución de la individualidades que permitían los raves resultaban una afirmación política de peso. De ahí que atrajera la atención de las autoridades que alarmaron a los padres con historias de jóvenes perdiendo sus tiernas cabezas por el desenfreno del éxtasis. 

Hoy, nuestra condición de “millennials apáticos” seguro es un factor a considerar, así como la voracidad de nuestro sistema económico. Pero quizá haya que considerar más la teoría de la investigadora Dina Perrone que ha catalogado estos espacios como ‘Club Kids’: jóvenes de entre 25 a 40 años, en su mayoría blancos, que pertenecen a una clase económica acomodada, con estudios superiores y con un background social, cultural y financieramente ‘resuelto’. Características que, por lo general, permiten crear un ámbito de consumo controlado, alejado de los sistemas de justicia que lo criminalizan todo. Adolecer de una rutina y no de una situación económica, es un privilegio. 

Pero es un privilegio que permite ver el rol particular de esos espacios en la construcción de una identidad social y cultural. La música electrónica ha sido particularmente efectiva en generar estas comuniones y el efecto energizante y eufórico del MDMA se consolidó como una preferencia en estas sesiones interminables. Reynolds ha afirmado que la historia de la música electrónica sería distinta sin las drogas. Woodstock creó el motto “sexo, drogas y rock and roll”, pero con la glorificación del beat, algo nuevo surgió. Algo hay en el four on the floor (ritmo clásico de la electrónica que señala el bombo o kick golpeando en todas las negras del compás) que cautiva inmediatamente al baile. Su sencillez y universalidad rítmica es la que ha provisto una musicalidad específica para los efectos de las drogas, como las entactógenas que inducen la sensación de empatía.

El encierro al que nos obligó la pandemia denota claramente que algo ocurre cuando nos juntamos a bailar. La música misma es el producto de un proceso comunitario en el cual la audiencia es la real protagonista. Así, las drogas no solo son un objeto de recreación, sino un catalizador de las relaciones, de la estética y de la ética de estos rituales. Estamos hablando de una performance colectiva que establece un rol simbólico al consumo y al sentido que le otorgamos a la vida durante algunas horas de fiesta. (-Soma-)


Rodrigo de las Casas es comunicador y filósofo. También es Dr. 100, dj, productor y co-fundador del sello discográfico Matraca. Puedes seguir su trabajo en Soundcloud e Instagram.

Imagen de portada: fotografía de Krists Luhaers, realizador visual letón. Puedes seguir su trabajo en Instragram como @kristsll. El trabajo seleccionado es de uso libre, bajo licencia Creative Commons en Flickr.

Financiamiento: este artículo fue posible gracias al aporte económico del periodista Moisés Abraham Navarro. Soma es un proyecto independiente sin fines de lucro, por lo que si deseas financiar un contenido, escríbenos a soma.informacion@gmailcom para conocer los contenidos que están en espera.

Disclaimer: Soma no coincide necesariamente a cabalidad con las opiniones o enfoques desarrollados en estos artículos, pero considera necesario su conocimiento para ampliar, mejorar y elevar el debate en torno a las drogas en Latinoamérica.

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