Por Raúl Lescano Méndez
Un contenido posible gracias a Youth RISE y la fundación Robert Carr
Puedes leer la versión en inglés aquí
“Si vamos a la esencia, lo que hacen las drogas es alterar la comunicación entre nuestras neuronas, alterar la química endógena, empujándola hacia arriba o hacia abajo, más allá de los límites que nuestra biología puede generalmente alcanzar”, explica Manuel Guzmán, el primer invitado de nuestro podcast Las drogas como son, entrevistas a profundidad que abordan distintos temas con particulares conexiones con el mundo de las drogas: la educación, el género, la desigualdad, la historia, el medioambiente, entre otros temas.
En este primer capítulo hablamos sobre la relación tan citada entre las drogas, la ciencia y la biología. Sobre todo aquello que nos han dicho sobre el efecto que tienen las drogas en nuestro cerebro, nuestro cuerpo y, por ende, en nuestras vidas.
Guzmán es Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Academia Nacional de Farmacia. Desde finales de los años noventa comenzó una línea de investigación centrada en el estudio de cómo los cannabinoides -de la marihuana, la cannabis- actúan en el organismo, con especial énfasis en la oncología y la neurología. Pero su campo de conocimiento no se restringe a esta. Su ponencia Cómo actúan las drogas en el cerebro, disponible en YouTube, es hoy una fuente clave para entender las sustancias psicoactivas.
Esta es una versión de lectura, acortada, de la que se puede oir en nuestros canales de Spotify y Youtube. Puedes leer la versión de lectura en inglés aquí.
Para que las personas te conozcan mejor, cuéntanos en qué estás trabajando hoy en día. ¿En qué te ocupas tu día a día en la actualidad?
Yo soy biólogo de formación, en concreto bioquímico y desde hace aproximadamente 25 años empecé a trabajar en el campo de la neurobiología, en cómo el cannabis actúa en nuestro organismo. Actualmente mi grupo trabaja esencialmente en intentar dilucidar, desde el punto de vista químico, cómo los compuestos activos del cannabis -los cannabinoides- pueden actuar sobre distintas zonas de nuestro cerebro, afectar distintos procesos y cómo algunos de esos procesos podrían tener relevancia terapéutica, especialmente en distintos tipos de enfermedades neurodegenerativas y, por otro, cómo los cannabinoides podrían ser quizá compuestos antitumorales para frenar el crecimiento, la supervivencia y la metastatización de algunos tipos de cáncer. A diario me dedico esencialmente a dar clase de distintas ramas de la biología y la bioquímica en la universidad.
¿Cuánto tiempo llevas hablando de cannabis? ¿Cuánto se habla de otras drogas en el mundo del cannabis y cuánto del mundo del cannabis puede extrapolarse o hacernos entender un poco más a las drogas en general?
La cannabis es la droga no legal más consumida. Se estima que aproximadamente hay 250 millones de usuarios de cannabis, más o menos un 3% de la población mundial. Por supuesto, su uso está menos extendido que el de las dos drogas legales, como el alcohol y el tabaco. Tenemos luego otro tipo de sustancias, como los opiáceos o los psicoestimulantes o, en general, los enteógenos, pero el cannabis es un buen modelo para el resto de las sustancias, tanto por su mecanismo de acción como por los efectos tan variopintos que produce. Obviamente cada droga tiene sus mecanismos de acción, sus efectos placenteros, sus riesgos concretos, sus distintas dianas de actuación en el cerebro, pero al final todas las drogas actúan esencialmente por un mecanismo parecido: alterar la comunicación entre nuestras neuronas. Nuestras neuronas se hablan entre sí por una serie de neurotransmisores que transmiten la información nerviosa entre una neurona y otra, a su vez sobre un circuito neuronal, y a su vez de forma conjunta sobre todo el cerebro, y a su vez entre el cerebro y el resto de los órganos del cuerpo. Pero si vamos a la esencia, lo que hacen las drogas es alterar la comunicación entre nuestras neuronas, alterar la química endógena, empujándola hacia arriba o hacia abajo, más allá de los límites que nuestra biología puede generalmente alcanzar. Lo que hacen es sobreactivar o sobreinhibir esa comunicación química. Las drogas no actúan de forma milagrosa, son acciones biológicas de nuestro cerebro pero empujadas muy fuertemente, en un sentido u otro, por unas sustancias que tienen más potencia y duración de acción de lo que normalmente tienen los neurotransmisores.
Antes de que te dedicaras a todo este campo ¿qué habías escuchado sobre las drogas? ¿Cuáles recuerdas que son los principales mitos o mentiras que luego, al investigar, te diste cuenta que la realidad era muy distinta?
Cualquier sustancia o cualquier tipo de acción que sea ilegal o que sea oscurantista, sobre la cual no haya una verdad o una puesta sobre la mesa de datos objetivos, crea muchas leyendas urbanas, miedos, medias verdades o muchas mentiras. En el terreno de las drogas yo nunca he recibido ninguna formación abierta, como muchísimas otras personas hemos sido autodidactas y nos hemos ido encontrando con distintos tipos de obstáculos y de sorpresas en el camino. Para empezar, creo que en el subconsciente colectivo y también en el subconsciente individual ahonda en la idea de que hay dos sustancias legales, el tabaco y el alcohol, que manejamos de manera medio razonable, que por ser legales son menos perniciosas para la salud que las sustancias ilegales. Eso es un primer mito que hay que desterrar. El alcohol y el tabaco producen mucho más morbilidad y mortalidad a nivel global que muchas otras sustancias que no son legales. Por supuesto el alcohol y el tabaco se utilizan mucho más que otras sustancias, pero incluso corrigiendo su frecuencia de uso siguen produciendo efectos bastante más tóxicos que otras sustancias que no son legales. En mi país, España, por ejemplo, el tabaco se asocia a aproximadamente a 50.000 muertes al año y el alcohol se asocia a aproximadamente a 12 mil muertes al año. Mientras que el resto de las sustancias, todas juntas, se asocian a aproximadamente mil muertos al año. Las sustancias legales no se han legalizado por cuestiones sanitarias o por cuestiones de salud, sino por una mezcla de cuestiones socio-político-económicas, étnicas incluso. Por supuesto, el alcohol está muy entroncado en nuestra sociedad y se puede ser un usuario responsable y moderado de alcohol y eso no produce efectos significativos sobre la salud. Igual ocurre con el tabaco. Pero desde luego existe un problema grave de alcoholismo y de tabaquismo en muchos países del mundo y son las sustancias que quizá banalizamos más en su consumo y sobre las que se nos ha hecho ver que son menos perniciosas que otras.
De las sustancias ilegales por supuesto hay algunas más dañinas que otras. Es evidente que, en cualquier ranking de mortalidad, morbilidad, toxicidad, los opioides son los primeros que aparecen, pero incluso aquí tenemos que tener en cuenta que el daño de los opioides se achaca siempre a los opioides de la calle, especialmente a la heroína y algunos derivados suyos, pero hoy en día, en Estados Unidos, en el contexto de la crisis de los opioides, son los opioides de prescripción los que matan a la mitad de las personas que mueren por problemas con opioides. Es decir, incluso esa distinción de que un medicamento es sano y una droga no lo es, también aquí se tambalea un poco porque hay medicamentos que son altamente perjudiciales para nuestro organismo. En el caso de los opioides, matan tanto los opioides de prescripción como los opioides de la calle, obviamente por un mal uso. Entonces ese es otro mito que también debemos tomar con mucha cautela: la diferencia entre un medicamento y una droga. Muchas veces la frontera no está muy claramente definida y hay medicamentos que tienen sustancias muy altamente dañinas en su uso crónico que pueden producir también efectos muy nocivos, y hay sustancias que se consideran normalmente como drogas, como es el cannabis, que son claramente menos nocivas para nuestra salud.
Sin embargo, hoy en día se sabe que gran parte de esa epidemia de opioides en Estados Unidos fue por cómo no se gestionó correctamente las sustancias desde el sector médico. Hubo un exceso de recetas y sin tratamientos médicos que incluyan ayuda para dejar ciertas pastillas. ¿Hasta qué punto cuando hablamos de riesgos y daños sobre las sustancias estamos hablando de las sustancias en sí mismas y no del contexto en el que se consumen?
Hay sustancias que tienen intrínsecamente un poder neurotóxico, adictivo, de generar síndrome de abstinencia, más fuerte que otras, pero también hay un componente esencial que es lo que habitualmente conocemos como contexto: las características del individuo, su predisposición, su estado de ánimo, su biología, su fisiología, etc.; y el contexto en el que se utiliza una sustancia: cuántas veces se utiliza, durante cuánto tiempo, en qué condiciones, mezclado con qué sustancia, etc.. Eso es un aspecto crucial para determinar también la toxicidad o no toxicidad, la seguridad o no seguridad de una sustancia. Desde el punto de vista biológico particular de la sustancia, siempre en los rankings aparece como la más dañina una que lo es realmente, los opiáceos. Los opiáceos producen cambios en nuestro cerebro mucho más fuertes y mucho más dañinos que otras sustancias. Luego están los psicoestimulantes, como la cocaína y sus derivados, sobre todo sus derivados más tóxicos como es el crack, la pasta base, etc., que tienen en su proceso de fabricación muchas sustancias de tipo disolvente que son realmente tóxicos, y luego ya suelen aparecer el alcohol, el tabaco, las benzodiazepinas, los barbitúricos. Y luego suele aparecer el cannabis y algunos enteógenos clásicos, como son la psilocibina o la dimetiltriptamina. Pero, por supuesto, hay un contexto de utilización y pueden haber usuarios que tengan una buena tolerabilidad y una utilización racional y segura de las sustancias y para otras personas sean más tóxicas y puede haber usuarios que además la utilicen en un contexto inadecuado. Entonces al final los daños que produce una sustancia en nuestro organismo son esencialmente la suma de la capacidad intrínseca que tiene esta sustancia de actuar sobre nuestro cerebro, más una serie compleja de factores contextuales que son lo que determinan el modo de utilización de la sustancia y por tanto contribuyen de forma muy significativa al resultado final de la acción de estas sustancias.
En la ponencia que diste sobre las drogas y el cerebro en la Universidad Complutense de Madrid, defines a las sustancias psicoactivas como aquellas que permiten traspasar la frontera de la química endógena. Es decir, que permiten traspasar la biología del cerebro en su estado más neutral, natural, normal. ¿Traspasar esa frontera es algo dañino en sí mismo? ¿Es algo antinatural? ¿Cuán hecho está el cerebro para ello? Siempre se ha dicho que las drogas destrozan el cerebro. ¿Cuánto está preparado nuestro cerebro para hacer esos viajes?
Una cuestión clave es que las drogas actúan modificando la química endógena de nuestro cerebro. Nuestro cerebro tiene muchos mediadores químicos que afectan a muchos procesos en nuestro organismo y algunos de esos procesos son obviamente procesos que normalmente asociamos al uso de drogas: cambios en nuestra percepción, en nuestro estado de ánimo, en nuestro comportamiento, en nuestra conciencia. No me estoy refiriendo ya a cambios en la ingesta, en el latido cardíaco o en la contracción de músculo, es decir, aspectos muy fisiológicos. Hay aspectos muy profundos de nuestro cerebro subcortical, de nuestro cerebro no cartesiano, de nuestro cerebro emocional, visceral, que son funciones absolutamente esenciales para nuestra supervivencia y para nuestro bienestar, que son las que tradicionalmente sabemos que afectan las drogas. Endógenamente, nuestro organismo tiene moléculas químicas -la dopamina, la serotonina, los endocannabinoides, etc.- que afectan a toda esa faceta visceral, emocional, de nuestro organismo. Las drogas lo único que hacen es empujar esa biología un poco más allá de las fronteras que nuestra biología no puede llegar. Cualitativamente eso ocurre a diario en nuestro organismo, de manera más o menos exacerbada, en función de nuestro estado de ánimo, de nuestra percepción, etc., pero las drogas empujan más. ¿Por qué empujan? Pues porque estas sustancias endógenas que denominamos neurotransmisores y que controlan todos estos procesos emocionales, actúan en nuestro cerebro de manera sutil y en zonas concretas de nuestro cerebro. Las drogas cuando llegan a nuestro cerebro imitan la acción de esas sustancias, pero de manera más potente, más eficaz, mucho más, digamos, apretando el acelerador de manera más acentuada, y también durante más tiempo. En lugar de actuar durante segundos o minutos, actúan durante horas y, además, invaden nuestro cerebro completamente. Es decir, la acción, digamos, espaciotemporal de una sustancia exógena es más brusca y general, que la acción espaciotemporal de las moléculas endógenas. Pero cualitativamente las acciones son similares. Entonces, ¿qué es dañino y qué no lo es dañino? Obviamente, como bien se puede entender, eso depende, como ya hemos dicho, de la sustancia y de cada usuario. Cada uno tenemos una neuroquímica particular y toleramos mejor o peor determinadas sustancias. Pero, en general, ese trasvase de fronteras no tiene por qué ser negativo en términos de salud para el organismo si lo llevamos a cabo de una manera puntual en el tiempo y con dosis y con contextos adecuados. No existe ningún indicativo de que el uso esporádico y moderado de las sustancias, por ejemplo, de los psicodélicos, sea negativo para nuestro cerebro. Y digo negativo en términos de salud, no como juicio de valor, porque eso cada uno lo tiene que definir personalmente. Pero si de cuando en cuando consumimos, por ejemplo, el ayahuasca —que lleva a unos estados de conciencia más claramente fuera de nuestro alcance habitual— nada indica que pueda producir un efecto negativo sobre nuestra salud. Nuestro cerebro tiene una cierta plasticidad, una cierta elasticidad y podemos, de vez en cuando, empujarlo y luego permitir que el cerebro vuelva a su estado normal, habitual. Eso es lo que llamamos el uso adulto de las sustancias, o el uso responsable, el uso moderado. De eso no existe ninguna indicación de que pueda afectar ni a la supervivencia, ni a la esperanza de vida, ni a su propensión a sufrir enfermedades, ni a efectos secundarios sobre el funcionamiento de nuestro cerebro, etc. Ese es el uso que la mayoría de los usuarios llevamos a cabo. Lógicamente, el uso puede ser una práctica durante toda una vida, pero también hay consumidores que son más susceptibles o que por su contexto, su situación familiar, su situación laboral, su situación emocional, etc., sean más proclives a caer en la utilización más habitual, con mayores dosis, etc. Y ahí es donde, en algunos usuarios, pueden venir los problemas de mal uso o de uso perjudicial, o del abuso, en el cual, poco a poco, el usuario puede ir perdiendo control sobre la sustancia y esta se vuelve el foco de su vida, descuidando otros muchos aspectos. Ese uso prolongado, crónico, sí puede llevar a cabo efectos perjudiciales sobre el cerebro.
Hoy en día, en ciertos sectores, se habla y se entiende la adicción ya no en los casos que alguien utiliza mucho una sustancia sino que se determina según cómo esa sustancia afecta la vida de la persona: si puede cumplir con sus obligaciones y compromisos familiares, laborales, etc. ¿Existe una dependencia no problemática a una sustancia? Un ejemplo: alguien que consume microdosis de cocaína para terminar su jornada de trabajo nocturna. O el café, que es el ejemplo más cotidiano, con el que todo el mundo se puede familiarizar. O El consumo de marihuana para relacionarte mejor un domingo con tu familia. ¿Existe una dependencia no problemática?
Esa es una cuestión muy interesante. Todos los seres humanos yo creo que tenemos nuestras pulsiones, nuestra visceralidad, nuestra emocionalidad, nuestra búsqueda de placer, y eso está muy entroncado en nuestro genoma y en nuestro linaje como especie. Obviamente tenemos una dependencia, una búsqueda de sustancias y de momentos placenteros que incluso son absolutamente necesarios para la evolución de la especie. Todos buscamos la comida, la bebida, el afecto, el sexo, etc. Es decir, hay un sistema de búsqueda de situaciones y acciones hedonistas en nuestro cerebro que es muy importante para nuestra supervivencia y nuestra vida como especie. Sí, existe en nuestro cerebro un sistema que afecta a muchas regiones de nuestro sistema nervioso y que mantiene un listón adecuado de búsqueda de placer y de refuerzo de dicha búsqueda del placer. Lo que nos gusta, nuestro cerebro nos motiva a buscarlo. Y como dijo un psiquiatra una frase que me gustó mucho: “los únicos que no tienen adicciones o dependencias son los muertos”. Y es verdad, todos tenemos nuestra búsqueda de placer y todos tenemos nuestras acciones que nos gustan y que procuramos encontrarlas. A partir de ahí ya podemos empezar a introducir factores de riesgo, que es en lo que se basa la epidemiología. No puedes decir, a ciencia cierta, con toda seguridad, que si haces esto o lo otro vas a tener este problema o este otro, sino que simplemente es como una lotería. Si juegas con un número tienes una serie de probabilidades y si juegas con dos números tienes el doble de probabilidades de que te toque. Si juegas tres números, tienes el triple de probabilidades, etc. Y en eso es lo que se basa la estadística y en eso es lo que tenemos que tener muy claro que se basa también la epidemiología en términos de salud. Una acción, por ejemplo, fumar tabaco crónicamente durante muchos años, y una cantidad elevada de tabaco, pues es un factor de riesgo claro para tener cáncer de pulmón. ¿Eso quiere decir que si fumas dos paquetes de tabaco durante 40 años de tu vida, tendrás cáncer de pulmón? No necesariamente. Pero sí tienes más probabilidad de tener cáncer de pulmón que una persona que no lo haga. Y ahí sí que existe una relación muy clara con un factor de riesgo: tú puedes jugar 12 números a la lotería y no te toca, y puedes jugar un día uno y te puede tocar. Con las sustancias psicoactivas pasa lo mismo. Una persona muy sensible a un efecto hipertensor, taquicárdico, de un psicoestimulante, tiene más riesgo en una sola toma de tener un mal viaje, o incluso un efecto serio sobre su salud, que una persona que tolera bien los psicoestimulantes y que, a lo mejor, como dices, cada día o cada pocos días consume una cantidad pequeña de coca para terminar su jornada laboral. Conforme vamos introduciendo sustancias más dañinas, intrínsecamente sustancias dañinas, utilizadas durante más tiempo, con más dosis, y en consumidores más vulnerables, pues obviamente vamos a ir aumentando el riesgo.
Sí que existe ese concepto de dependencia no dañina, o si se quiere también decir, de efecto terapéutico de las sustancias. Existe un contexto de utilización, como decíamos antes, del uso adulto, en el cual una sustancia puede ser parte ya de la vida de una persona, pero que esa persona maneje correctamente esa sustancia, y que esa sustancia no tenga un efecto dañino significativo sobre la persona. Incluso, si se quiere decir de otra manera, que el balance entre riesgos y posibles efectos beneficiosos, pueda ser adecuado.
Esto puede sonar a que hay que tener mucha suerte para no tener problemas con las drogas, pero la misma ONU -que impulsa muchas veces las políticas prohibicionistas- indica que entre el 80 y el 90% de las personas que usan distintos tipos de sustancias psicoactivas no tienen ningún tipo de problema y llevan una vía totalmente funcional. Sin embargo, mencionas el famoso sistema de recompensa que se utiliza mucho para hablar sobre los riesgos de las drogas y cómo si uno prueba una droga va a querer más de esa droga y, con el tiempo, algo más fuerte. ¿Existe un sustento para pensar en eso?
Muchos de los mensajes que se transmiten de forma masiva a la población se basan en estudios clínicos y preclínicos con animales y parte de esos estudios pueden estar bien hechos técnicamente, pero también pueden estar sesgados en muchos casos. Por ejemplo, no es lo mismo administrar a un ratón una dosis de una sustancia comparable con la que utiliza un usuario habitualmente, que una dosis 20 veces superior. No es lo mismo administrársela por una vía que puede utilizar un usuario, la vía oral, que administrársela a un ratón de manera intravenosa o de manera local en el cerebro. Es decir, uno puede hacer un experimento muy concienzudo desde el punto de vista técnico, pero puede estar sesgando el modelo, empujándolo ya a la búsqueda de efectos negativos. Eso ha pasado mucho en el campo de la ciencia de las drogas. Han habido muchos estudios sobre los que se han creado grandes dogmas que están realizados en condiciones altamente forzadas. Igual que muchos estudios epidemiológicos que se han focalizado exclusivamente en aquellos usuarios que tienen claramente problemas muy serios con las drogas y se ha olvidado de ese 95% de usuarios adultos, de usuarios responsables, que no los tiene. A partir de ahí se crean los grandes dogmas y las grandes verdades para el sistema, que son muchas veces grandes mentiras. Durante los años 30, claramente, en Estados Unidos se estuvo estigmatizando el cannabis como una droga maldita, una droga que vuelve loca a la gente, una droga incluso más adictiva y más problemática que la heroína, cuando realmente de lo que se trataba era de una guerra económica y una guerra racial, sobre todo contra algunas etnias no deseables en aquel momento, como eran sobre todo los negros, los hispanos y los asiáticos. Entonces sí, se pueden crear grandes mentiras, igual que se crean en política, en economía, etc.
Sí que existe, por supuesto, como he dicho antes, un factor de riesgo, eso es cierto, un impacto de riesgo inherente a cada sustancia y también dependiente de un contexto de utilización. Pero realmente esa teoría de la escalada, que se empieza con una droga suave y se acaba con una droga más dañina necesariamente, está erradicada básicamente desde los años 90 porque está basada en preceptos que no son correctos desde el punto de vista científico. El sistema de recompensa existe en nuestro organismo y en todos los animales, y sobre todo en los vertebrados y especialmente en los mamíferos. Tenemos algunas zonas de nuestro cerebro que sí, definitivamente, nos motivan a buscar aspectos hedonistas o placenteros que son necesarios para nuestra fisiología, pero ese sistema de recompensa también se ha simplificado mucho y se ha explotado mucho para sobrevalorar los efectos negativos de las sustancias. Este sistema de recompensa se basa sobre todo en un neurotransmisor que es la dopamina.
La dopamina es el que, esencialmente, mantiene ese listón de búsqueda de sustancias o de acciones placenteras. Pero ese sistema dopaminérgico también se ha estudiado mucho en modelos animales muy forzados. Cuando luego uno va al usuario de cannabis, por ejemplo, incluso usuarios habituales, y hace estudios de imagen cerebral, se da cuenta que los efectos están solo muy parcialmente determinados por ese sistema dopaminérgico. Ni el uso puntual de cannabis aumenta significativamente la producción de dopamina, que es una de las predicciones que tendría ese sistema como sistema de refuerzo, ni el uso prolongado de cannabis impide que ese sistema pueda producir dopamina ante estímulos aislados, por ejemplo, de búsqueda de comida, búsqueda de bebida, búsqueda de sexo, etc. Es decir, ese sistema existe, pero su importancia se ha forzado mucho, con muchos estudios, como digo, muy exagerados en condiciones experimentales.
Hay una idea que nos repite la gente cuando se acerca al stand de Soma: la diferencia entre las drogas químicas o sintéticas y las drogas naturales. Sobre todo de quienes dicen estar abiertos a la marihuana, los hongos, porque son naturales, pero no a otras porque son químicas. ¿Existe realmente esa diferencia? Nosotros, un poco en broma y un poco en serio, siempre les decimos que, en realidad, todo es químico. ¿Qué nos dice de una sustancia y de sus riesgos el hecho que sean naturales o químicas? ¿Existe esa diferenciación?
Ese es un mito que también conviene desterrar. Nuestro organismo, como toda la materia del universo, está formado por átomos, y los átomos más abundantes en nuestra materia son el carbono, el hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno. Eso es lo que constituye la inmensa mayoría de nuestro organismo, de nuestras células, de nuestros órganos, de nuestros fluidos, de nuestras moléculas, y también de las moléculas que consumimos. Esa diferenciación es hasta egoísta desde el punto de vista antropocéntrico. El homo sapiens es simplemente una especie de las aproximadamente 8 mil especies de mamíferos que existen hoy en día en la Tierra, de las aproximadamente 80 mil especies de vertebrados, junto con 4 millones probablemente de especies de invertebrados, 300 mil especies de plantas vasculares. ¿En base a qué criterio pensamos que la naturaleza gira alrededor de nuestra especie y no alrededor de los perros, o alrededor de las ranas, o alrededor de las lagartijas? A partir de ahí surge esa falacia de que lo natural es bueno y no lo artificial o generado en el laboratorio. Hay muchas sustancias que generamos en el laboratorio y no tenemos idea de si existen o no en la naturaleza. Esa es otra arrogancia antropocéntrica porque existen muchísimos organismos cuya química no conocemos. De hecho, hay sustancias que en algún momento se han considerado como de laboratorio, como sustancias químicas, si quieres, que luego se han encontrado en seres vivos. Estoy convencido de que muchas de las sustancias que consideramos como sintéticas, al cabo del tiempo, se acaban encontrando en seres vivos. Y luego, la naturaleza… La naturaleza es maravillosa y a mí me reporta una enorme felicidad, como supongo que a muchos de amigos y personas cercanas y no tan cercanas y anónimas en el mundo, pero la naturaleza también se rige por unas leyes en las cuales la bondad no es tan evidente. Todos los seres vivos quieren comer, todos los seres vivos quieren reproducirse, y todos los seres vivos necesitan, por tanto, defenderse, incluso matar, para poder llevar a cabo sus acciones biológicas más habituales. Y en concreto, las plantas, que no pueden moverse o escapar de los predadores, tienen que desarrollar muchos sistemas de defensa, entre ellos los sistemas químicos de defensa, para que los predadores no se las coman. De hecho, la mayoría de los venenos que se han venido utilizando de forma más dramática y con una actividad más tóxica a lo largo de esta humanidad son sustancias que están en las plantas: la aconitina, la cicutina, el curare, etc. Cuando Sócrates se tomó la cicuta, no creo que le hiciera mucha gracia pensar que era una sustancia natural que le iba a hacer bien. No, es una sustancia natural que te va a matar. Es decir, la naturaleza no es antropocéntrica sobre unos preceptos muy de bondad, y que no los niego, y que yo también soy el primero que los suscribe, pero que a veces son muy egoístas pensando que lo natural tiene que ser bueno para el Homo sapiens pero no con el resto de las especies. Eso lo tenemos que descartar: lo natural no es necesariamente mejor para nuestra salud que lo sintético. Otra cosa es que detrás de lo sintético está la Big Pharma, se están expoliando muchos recursos, se están cometiendo muchas injusticias, se está acumulando las riquezas en manos de unos pocos, se están corrompiendo gobiernos, se están cometiendo violencias contra poblaciones nativas, etc. Eso es otra cosa, pero desde el punto de vista puramente biológico, lo natural no tiene por qué ser mejor que lo sintético, y lo sintético no tiene por qué ser mejor que lo natural.
Las drogas, dicen quienes han apostado por la ilegalidad y el prohibicionismo, que se han ilegalizado y se mantienen prohibidas para cuidar nuestra salud y alejarnos de sus riesgos y daños. Sin embargo, como has mencionado varias veces, tenemos el alcohol como la principal sustancia legal y de consumo generalizado. Y del alcohol, como también ya has mencionado, todas las evidencias indican que es mucho más perjudicial para la salud que otras sustancias que están ilegalizadas, como el éxtasis, la ketamina, las metanfetaminas, los psicodélicos, los hongos, el LSD, etc. Mariano García de Palau decía que había algo muy importante detrás de eso: que no nos dábamos cuenta que lo que hace el sistema de legalidad de las drogas es que uno solo pueda buscar placer, alivio, desconexión, relajo, euforia, incluso arruinarse la vida, si lo quiere, con una sola sustancia, el alcohol. Y que los problemas con el alcohol, como el alcoholismo, es una de las experiencias o de los problemas con sustancias más feos que puede sufrir una persona. Desde el punto de vista biológico y del cerebro, ¿a qué nos condiciona la legalidad cuando nos condiciona al monopolio del alcohol?
Sí, es cierto que este sistema de disección, entre lo que son las sustancias legales y las ilegales, condiciona toda una pauta de acciones y de conductas, de comportamientos, etc., focalizados exclusivamente en esas sustancias que están más al alcance de la marca. Como ya hemos comentado, la salud no es el principal motivo por el cual se han legalizado o ilegalizado distintos tipos de sustancias. Sí que es cierto que, por ejemplo, los efectos psicoactivos que producen las sustancias, digamos de forma más evidente, más obvia, pues no son iguales entre todas las sustancias. El tabaco, por supuesto, tiene acciones neuroactivas. El alcohol, por supuesto, tiene acciones neuroactivas. Es cierto también que el uso habitual, inculcado ya en nuestros hábitos, hace que, en general, también aprendas a manejar las sustancias. Es cierto que la disponibilidad de una sustancia también condiciona su frecuencia de uso. Por otro lado, tenemos también el gusto por lo prohibido. Pero yo sí que creo que, en general, siendo honestos, cuando una sustancia está más disponible, es más fácil utilizarla. Y es más fácil, por tanto, utilizarla mal o utilizarla de manera más banalizada. Estoy pensando, por ejemplo, en los psicodélicos. Los psicodélicos son unas herramientas maravillosas para el autoconocimiento y para resolver terapéuticamente muchos problemas de salud mental. Yo soy un convencido de ello. Pero también creo, honestamente, que no todo el mundo está igualmente preparado para consumirlo. Y que no todos los psicodélicos producen efectos igualmente notorios. Una persona que nunca haya consumido ninguna sustancia o que únicamente haya consumido alcohol, por ejemplo, si toma una dosis muy elevada de LSD, puede tener un mal viaje. No va a morir, por supuesto, y va a volver a la Tierra. Pero claramente puede tener un mal viaje porque no está preparado para esa desconexión tan brusca de la realidad. Es cierto que los enteógenos clásicos tienen una toxicidad intrínseca más baja que otras sustancias que normalmente tienen una fama de drogas más seguras, como es el alcohol. Y también es cierto que el uso de enteógenos es difícil que se cronifique porque el propio viaje, la propia experiencia, te autorregula y eres consciente de que eso no lo puedes estar haciendo todos los días. No es un juicio de valores, simplemente una reacción yo creo más o menos habitual al uso de estas sustancias. Pero sí creo que es bueno preparar al organismo por distintas etapas para utilizar primero sustancias menos claramente alterantes de nuestra conciencia, y luego poquito a poco ir habituándose a los efectos mayores. Habituándose no me refiero a causar tolerancia ni dependencia, sino simplemente a gestionar adecuadamente esos efectos. Porque eso, de entrada, sobre todo para las personas que son más control freaks, puede ser realmente una experiencia bastante dramática, ¿no? El llegar a esos mundos que ni por asomo uno se podría pensar que puedes alcanzar. Entonces, en ese sentido, yo soy partidario, y lo digo abiertamente, de la regulación de todas las sustancias y de las políticas de formación y de libertad y responsabilidad de los individuos para su uso. Pero creo que también las sustancias tienen un entrenamiento, tienen un adiestramiento, tienen un conocimiento, y que eso también proporciona mayor seguridad en la utilización y, por ende, mayor placer, mayor plenitud, mayor bienestar y mayor enseñanza cuando se utilizan.
Sin embargo, lo que decía Timothy Leary es un poco lo que termina haciendo el sistema con la legalidad del alcohol: las personas están condicionadas al consumo del alcohol como única vía para alterar la conciencia. ¿A qué estamos condicionados cuando estamos condicionados únicamente al alcohol?
Es una pregunta difícil, porque el condicionamiento es tan individual y tan propio de cada uno, y depende de aspectos no ya racionales, sino tan puramente íntimos, viscerales, emocionales, que me resulta difícil contestar a esa pregunta. Sí, el alcohol, claro, es tan ampliamente utilizado que, aunque hay pactos generalizables de consumo, cada uno lo utilizamos también de una manera distinta. En cualquier caso, las acciones que produce en el organismo, acciones que pueden variar entre los distintos usuarios, son acciones muy limitadas y, desde luego, no tiene nada que ver un viaje de alcohol, por decirlo así, con un viaje de ayahuasca. Es que las fronteras a las que puedes llegar, los estados de conciencia a los que puedes llegar con otras sustancias son tan amplios que, realmente, con el alcohol todo se queda como en una droga muy cutre, en una droga realmente muy vagabunda en cuanto al placer, el bienestar, las enseñanzas, etc. Eso también genera que las sustancias no legales se consuman, por tanto, en ambientes no públicos, en ambientes escondidos, en contextos que no son claramente los más propensos. Uno puede consumir alcohol en un contexto amigable, tanto por la compañía como por el entorno, etc.; porque es una sustancia admitida, nadie tiene que esconderse, pero muchas veces las sustancias no legales se consumen en entornos no amigables y que, por tanto, son más propensos a producir efectos negativos o no deseados.
Quizás estamos cayendo un poco en el juego del discurso prohibicionista sobre las drogas al hablar constantemente de los riesgos y los daños. Todo lo que se dice sobre ellas son daños y riesgos, pero si nos ponemos estrictos: vivir mata. De hecho, hay alimentos, bebidas, experiencias —como trabajar ocho horas al día en una oficina— que no son buenas para la salud física ni mental, pero de las cuales no hablamos de sus riesgos y daños. Cuando publicamos nuestra cartilla sobre el Tusi —esta mezcla de sustancias que se está consumiendo— hubo en las redes el comentario de un doctor que decía que, desde el punto de vista médico, no se trataba de cómo reducir los riesgos, sino que lo ideal era no usarlas, que eso era lo más sano. Nuestros amigos de Échele Cabeza, desde Colombia, un poco provocando el debate, le respondieron que, desde el punto de vista médico, lo ideal era no vivir. Y, a veces, en efecto, parece que a uno le estuvieran pidiendo eso. ¿Cómo dimensionar realmente los riesgos y los daños de las drogas en una vida rodeada de daños y riesgos, y con prácticas y costumbres que son dañinas? Si pudiéramos hacer una jerarquía de los daños y riesgos de los que estamos rodeados, ¿en qué lugar entran realmente las sustancias psicoactivas?
Estoy absolutamente de acuerdo. Se habla mucho del daño de las drogas, pero no se habla tanto, o no se estigmatiza tanto, el daño que producen las cargas excesivas de trabajo con el estrés, el insomnio, ansiedad, que ello conlleva: la falta de descanso, la falta de regeneración del sistema nervioso, del sistema inmune, etc. La polución de las ciudades, la polución de los ríos y de los alimentos, el consumo de dietas ya muy alejadas de dietas equilibradas, de alimentos procesados, hipernatrémicos, hipercolesterolémicos, hiperglucémicos, etc. Sí, a mí también me choca. Obviamente, ya conozco cómo funcionan las cosas, pero realmente es injusto estigmatizar de esa manera los efectos negativos de las drogas cuando realmente hay muchas actividades de nuestra vida cotidiana, hay muchas sustancias que consumimos o que inhalamos o que bebemos, que están altamente contaminadas y que contribuyen desde luego a desbalancear nuestra homeostasis. Es cierto que todo tiene un riesgo, pero vivir es un riesgo. El oxígeno que respiramos a cada segundo se utiliza como sustancia para oxidar los nutrientes y producir energía para nuestro organismo, pero también ese oxígeno, cuando no se utiliza bien por nuestras mitocondrias, produce lo que llamamos especies reactivas de oxígeno que dañan oxidativamente nuestros tejidos y contribuyen al envejecimiento normal y patológico. El oxígeno mismamente tiene dos caras y realmente es una molécula necesaria para nuestra vida, pero también una molécula que por la mala utilización de nuestras células puede producir también daños importantes en nuestro organismo. Por supuesto, si uno no consume una sustancia no va a tener los riesgos asociados a dicha sustancia, pero tampoco va a tener los beneficios asociados a dicha sustancia. Una política de consumo cero sería como decir que no vamos a tener relaciones sexuales porque siempre existe un riesgo de contraer una enfermedad de transmisión sexual o porque se puede romper el preservativo o lo que sea. La vida no es eso, por lo menos desde mi punto de vista. La vida tiene un cierto riesgo y el riesgo creo que todos de alguna manera lo intentamos acotar en la medida de lo posible porque todos queremos vivir mejor. No sé si más, pero por lo menos mejor. A nadie le gusta tener un mal viaje, ni con las drogas, ni con cualquier otro tipo de sustancia, ni ninguna mala experiencia en la vida y creo que el acierto pleno en las decisiones sería la situación ideal. Pero el riesgo cero no existe, la vida es un riesgo. Todo el mundo quiere sacar el máximo beneficio de dichas sustancias como de cualquier otra actividad en la vida y reducir al mínimo los efectos no deseados y para eso las políticas de formación son absolutamente necesarias y deseables. La restricción en el uso es una opción individual, pero desde el punto de vista meramente de salud no solo debemos pensar en los posibles riesgos que tiene la utilización de una sustancia, sino también los posibles beneficios que puede reportarnos para nuestra salud integral el uso de una sustancia.
¿Y cuánto la ciencia ha aportado a conocer ese otro lado? Las leyes en torno al cannabis de uso medicinal, por ejemplo, han avanzado y han creado una dicotomía entre el uso medicinal y el uso recreativo o adulto que ha instaurado la idea de que si es para resolver determinada enfermedad o síntoma o aliviar ciertos malestares sí es válido, pero si es para el ocio o el disfrute, no. ¿Cuánto ha hecho la ciencia o cuánto hay en la ciencia para conocer los beneficios que mencionas? ¿Cuánto espacio hay en la ciencia para hablar del placer, por ejemplo, que es la principal razón por la que las personas consumen sustancias a nivel mundial?
Absolutamente de acuerdo. La ciencia la hacen personas con dos piernas, dos brazos, una cabeza, con nombres y apellidos concretos, es decir, la hacen los científicos y entre los científicos hay de todo. Hay gente más conservadora y hay gente menos conservadora. Hay gente que se ha empeñado más en buscar los efectos negativos de las drogas y crear el estigma que hoy en día tenemos sobre esta sustancia, y ha habido gente que se ha dedicado más a buscar efectos medicinales de las drogas, y ha habido una minoría de personas que abogamos también por los efectos que en general podríamos llamar terapéuticos de las sustancias. No debemos olvidar —y muchas veces los científicos lo olvidan— que la ciencia no es más que una manera de conocer nuestro entorno y nuestra naturaleza, como se hacen otras muchas aproximaciones al conocimiento, a la creatividad, a la filosofía, etc. Y no es ni mejor ni peor que otras, simplemente es un método concreto, como los otros campos del saber y de la creatividad. Simplemente son diferentes formas de entrar en el conocimiento de la naturaleza, de nuestra naturaleza. Existe una arrogancia muy extendida de creer que una verdad científicamente demostrada es mejor que otras cosas. Y la verdad es que no. Desde mi punto de vista, no. Simplemente utilizamos métodos distintos, objetos de estudio distintos. Pero sí, es verdad que, en general, la ciencia se ha dedicado más, muchas veces, al servicio del poder, a buscar los efectos negativos de las drogas, a llevar a cabo experimentos que, en algunos casos, sí han demostrado efectos riesgosos; eso tampoco podemos negarlo. Pero en otras muchas ocasiones también se han forzado mucho las condiciones experimentales, tanto en la ciencia básica como en la ciencia clínica, para intentar sobresaltar las acciones realmente tóxicas o negativas sobre nuestro organismo. Muy pocas veces se habla de las acciones placenteras y positivas sobre nuestra salud mental y, por ende, física. Todo eso se ha olvidado en el campo de la ciencia, porque no ha interesado, porque ha dado miedo, porque no reporta subvenciones públicas o privadas para quienes llevan a cabo esos experimentos, etc. Pero, por suerte, estamos moviéndonos poquito a poco hacia adelante. Ya hay cada vez más científicos que no tienen tapujos para hablar de los posibles efectos beneficiosos de la droga, no solo desde el punto de vista meramente médico, para tratar de solucionar un problema en un paciente, lo cual es perfectamente loable y a eso nos lo dedicamos muchísimas personas, pero no nos podemos olvidar de los usuarios más habituales que tienen todos sus derechos desde el punto de vista ético, político, etc., para utilizar las sustancias como buenamente consideren. La ciencia tiene que estar al servicio del bienestar, al servicio de la felicidad y al servicio del placer también. Y del bienestar de la comunidad, no solo individual, sino del colectivo, en el sentido de poner sobre la mesa datos objetivos que permitan reducir riesgos, ayudar a los usuarios habituales, a los usuarios recreativos de la sustancia, a saber cómo utilizarlas, a no tener malos viajes y a no tener, en la medida de lo posible, efectos negativos de la sustancia, y por tanto, extraer, exprimir al máximo los efectos positivos. Las sustancias, no nos engañemos, se han utilizado por placer. En el caso del cannabis, por ejemplo, si preguntáramos a los 250 millones de usuarios de marihuana que hoy en día existen en el mundo, la inmensa mayoría diríamos que lo consumimos porque nos reporta placer, punto. Y de hecho, cuando Raphael Mechoulam, el descubridor de los cannabinoides endógenos, tuvo que denominar de alguna manera a la primera molécula similar al THC que produce nuestro cerebro, que es la Anandamida, él no la llamó la amida analgésica, a pesar de que produce analgesia, ni la amida orexigénica, a pesar de que aumenta el apetito, ni la amida bradiquinésica, a pesar de que disminuye la actividad motora; la llamó anandamida, es decir, la amida del placer, la amida de la felicidad. Creo que fue un acierto pleno que muy pocas veces se dice en los foros científicos. Los cannabinoides aportan estado de ánimo, aportan sensorialidad, aportan bienestar, aportan placer, aportan felicidad. Eso es lo primero que cualquier usuario de cannabis diría, y otros luego dirían que nos aumenta el apetito, que nos disminuye el dolor, que nos mejora la conciliación del sueño, que nos disminuye la actividad motora, que nos disminuye la presión sanguínea, etc., etc. Pero lo primero que produce el cannabis, claramente, para cualquier usuario, es placer. Y eso es para lo que hemos utilizado las drogas a lo largo de la historia de la humanidad, pues en un 99% de los casos. Eso es innegable y tiene que ser resaltado.
Michael Pollan escribió el libro Cómo cambiar tu mente, que es como un estado de la cuestión de lo que está pasando con los psicodélicos hoy en día. Él menciona algo bien interesante sobre la ciencia y el reto que significan los psicodélicos para la ciencia, debido a que los beneficios de estas sustancias para la depresión, la adicciones, etc., parece recaer no en el efecto farmacológico de la sustancia, sino en la experiencia que brindan. Dice: “aunque su éxito se debe, en no menor medida, a que cuenta con la autorización y la autoridad de la ciencia, su efectividad parece depender de una experiencia mística que deja a las personas convencidas de que en este mundo hay más cosas de las que la ciencia puede explicar. La ciencia está comenzando a validar una experiencia que parecería socavar la perspectiva científica”. Justamente en la ponencia que tienes tú sobre las drogas y el cerebro, también hablas sobre cómo para la ciencia, por ejemplo, no hay colores, sino ondas electromagnéticas. Entonces, pensando en las drogas en general y siendo conscientes de la diferencia que hay entre las sustancias, ¿cuáles son los límites de la ciencia para entender las drogas? ¿Cuánto nos puede decir y cuánto no nos puede decir?
La ciencia normalmente tiene un objeto de estudio razonablemente limitado y, por tanto, puede profundizar en cierta medida en dicho objeto de estudio, refiriendo siempre a las ciencias biomédicas, a las ciencias moleculares, etc. Desde mi punto de vista, todos los procesos que dispara cualquier sustancia, desde la más puramente somática, como puede ser el tabaco o la cocaína, hasta las más enteógenas, como puede ser el LSD o la ayahuasca, son procesos de materia. Son procesos que ocurren en nuestro sistema nervioso y nuestro sistema nervioso, en contacto con el organismo, controla una serie de parámetros puramente funcionales. Lo que ocurre es que hay algunas de esas acciones que son más fácilmente entendibles desde el punto de vista molecular, desde el punto de vista neuroquímico, porque son acciones donde la relación causa-efecto es más notoria, donde los circuitos neuronales están bien conocidos, donde eso no solo pasa con nosotros sino con cualquier tipo de animal. Por poner un ejemplo, cuando consumimos un enteógeno, aumenta nuestra temperatura corporal y la temperatura corporal aumenta por una acción bien conocida de esas moléculas sobre un centro de control de nuestra temperatura, que es el hipotálamo. Cuando consumimos enteógenos, disminuye el apetito y eso también tiene lugar sobre una serie de núcleos cerebrales que conocemos bien, que son algunas proyecciones del núcleo que se llama del RAFE, sobre algunas zonas del hipotálamo, etc. Cuando consumimos un enteógeno, se altera nuestro ritmo circadiano, nuestros ritmos de día y de noche para pasar a un efecto más, de estado de vigilia. Y eso también se conoce: hay un núcleo en el hipotálamo que se llama el núcleo supraóptico, que controla también esos ritmos de vigilia. También producen efectos analgésicos, por ejemplo, sobre zonas de nuestro cerebro que también son conocidos. Esas son las sustancias enteógenas que producen esos efectos. Pero, por supuesto, nadie toma esas sustancias para disminuir la ingesta o para aumentar la temperatura corporal. Las tomamos por otras cosas. Esas mismas sustancias van a actuar sobre otros núcleos de nuestro cerebro que conocemos muchísimo menos, que son muchísimo más dependientes del usuario, de su emocionalidad, de su visceralidad, mucho más dependientes del contexto, de si estás tomando esa sustancia en una narcosala oscura y sórdida, o si estás en la naturaleza viendo un atardecer maravilloso. Son fenómenos de materia también, lo que pasa es que no los conocemos de manera tan profunda. Y eso es lo que solemos asociar a la experiencia, al contexto, a la emocionalidad, a la conexión con la naturaleza, la conexión con nuestro terapeuta o con nuestros congéneres con los que estamos tomando la sustancia. Yo creo que hay simplemente efectos más causalmente explicables, más fisiológicos, más puramente somáticos, más predecibles, y luego efectos altisimamente dependientes del individuo, del contexto, de la experiencia, que no son hoy en día apenas explicables por la ciencia. Es una cuestión de hasta dónde llega la ciencia para explicar unas cosas u otras. Entonces, lo no explicable por la ciencia normalmente lo retiramos, pero lo no explicable por la ciencia es maravilloso, es mucho más complejo de lo que la ciencia puede explicar, y a lo mejor en algún momento, dentro de decenios, se pueda explicar al menos parcialmente. Y son reacciones mucho menos predecibles, mucho menos estandarizables. Entonces, por supuesto, el uso de un enteógeno está asociado a reacciones que van mucho más allá de la pura neuroquímica de A implica B implica C, que hoy en día puede explicar la ciencia. Sí que hay algunos efectos fisiológicos más sencillos, como he explicado antes, que sí que se pueden explicar por la ciencia, pero nadie toma los psicodélicos para eso. Entonces, si la experiencia es altisimamente dependiente del contexto, y el contexto depende altisimamente de las perspectivas que tenga uno de nuestra relación con nuestro entorno, de nuestro individuo, de nuestro estado en ese momento, y por supuesto, cuanto más algodones se pongan alrededor de la experiencia, cuanto más cuidado se ponga alrededor de la experiencia, esa experiencia va a resultar siempre más positiva. Pero eso no quiere decir que no sean efectos del sistema nervioso. Eso quiere decir que son efectos del sistema nervioso no explicables por la ciencia, pero por eso no debemos despreciarlos. Al contrario, son tan complejamente maravillosos que creo que debemos realzarlos.
Este podcast es una producción de Proyecto Soma y es posible gracias al apoyo de la organización internacional Youth RISE y el Fondo Robert Carr.
La entrevista fue realizada por Raúl Lescano Méndez | Francesca Brivio estuvo a cargo de la coordinación | La edición de sonido ha sido un trabajo de Santiago Martinez Reid | La música es una composición de Dr.100

Saludos desde la segundo foro de Drogenkultur.com y es buenisimo poder avanzar sobre estos temas escondidos. Kalpa! Waequis!