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La diferencia entre soltarse y perderse: mensaje de un usuario de drogas a futurxs psicólogxs

¿Qué se necesita para identificar ese momento en el cual un uso de drogas recreativo, placentero, útil, funcional, incluso necesario para muchos, puede convertirse en un problema?

Por Piero Herrera Morales

Quiero compartir algo que rara vez se cuenta de forma sincera en espacios educativos: cómo se vive el consumo de sustancias desde dentro, qué emociones lo rodean, qué riesgos se esconden, qué aprendizajes deja, y por qué ustedes —como futuros psicólogos— son claves para que hablar de esto no siga siendo un tema prohibido.

Esta no es la versión suavizada que algunos quieren escuchar. Quiero hablarles de deseo, de sustancias, de conexión, de noches que se nos fueron de las manos, y de ese punto exacto en el que uno confunde libertad con anestesia. Y quiero hacerlo desde la experiencia, porque yo también he estado ahí.

No estoy aquí para promover el consumo, sino para humanizarlo. Para entenderlo sin moral, sin exageraciones y sin miedo.

Ser gay significa aprender a sobrevivir desde muy jóvenes. Nos enseñan a escondernos, a actuar, a medir qué mostramos y qué no. Y cuando por fin encontramos un espacio donde podemos ser nosotros mismos —un cuarto oscuro, una fiesta, un sauna, o Grindr— llegamos con hambre. Hambre de contacto, de validación, de sentir que no somos un error.

Hay momentos donde los espacios gays se vuelven los primeros lugares donde puedes ser tú, donde el ambiente es más libre, más expresivo. Y, en ese contexto, las sustancias aparecen. No porque seamos irresponsables, sino porque nos liberan de la vergüenza que nos metieron desde chicos. Porque por un rato nos permiten sentirnos suficientes, deseables, «parte de». Esa es la verdad que casi nadie dice.

Para muchas personas, ese cruce no empieza como una decisión racional. Empieza como curiosidad. Entre la música, la atracción, los encuentros y los vínculos, empiezas a ver que el consumo está presente, a veces normalizado, a veces oculto. Y entiendes que esto existe, que es parte de muchas experiencias, pero que nadie te dio herramientas para comprenderlo.

Yo, como muchos, crecí sin educación sobre sustancias, sin referentes, sin un adulto o un profesional que me pudiera explicar las cosas con honestidad. Todo lo que aprendí fue entre pares, escuchando, observando, y muchas veces sin saber separar realidad de mito. Sé lo que significa no tener información clara cuando más la necesitas.

En mi camino, y en el camino de personas muy cercanas, he visto algo importante: el consumo no nace del vacío. Suele anclarse en emociones: ansiedad, miedo al rechazo, ganas de encajar, sensación de soledad, o incluso ganas de explorar el placer de una forma distinta.

Pero también he visto los riesgos cuando esa relación no se mira con cuidado. He visto lo difícil que es reconocer cuándo algo empieza a afectar tu sueño, tu salud mental, tu vida social. He visto lo fácil que es cruzar un límite sin darte cuenta porque nadie te habló de límites antes.

«Como muchos, crecí sin educación sobre sustancias, sin referentes, sin un adulto o un profesional que me pudiera explicar las cosas con honestidad. Sé lo que significa no tener información clara cuando más la necesitas».

Yo también me metí en situaciones donde pensé que necesitaba estar high para gustar. O para aguantar. O para no pensar. O para no sentir esa vocecita que te dice que no eres lo suficiente.

No voy a ser hipócrita: hubo noches increíbles, hubo placer, hubo exploración, hubo momentos que todavía recuerdo con una sonrisa.

Pero también hubo límites rotos, conversaciones que no recuerdo, hombres que no conocía entrando y saliendo de mi, y una desconexión conmigo mismo que se volvió rutina. Hasta que un día me enfrenté a la verdad más difícil de aceptar: si para disfrutar necesito dejar de ser yo, entonces no estoy disfrutando. Eso me cambió la vida.

En nuestra comunidad hemos romantizado «soltarse». Soltar el miedo, soltar el control, soltar la inhibición. Pero hay una diferencia enorme entre soltar… y perderte. Yo aprendí que el verdadero control no es apretar los dientes ni aguantar; es saber hasta dónde quiero llegar, con quién quiero estar y qué me hace sentir bien. Y eso incluye las sustancias. No son el enemigo, pero tampoco son un acceso directo a la libertad. Son herramientas. Y si no las usas con cabeza, terminan usándote a ti.

Ahí aparece la reducción de daños. No como un permiso, sino como una forma de sobrevivir. Como una manera de tener información real, de entender el cuerpo, de cuidar a tus amigos, de no perderte en la experiencia.

La reducción de daños no es moralina, es estrategia. Es saber qué te estás metiendo. No aceptar pastillas misteriosas. No mezclar cosas que te puedan apagar la respiración. No creerte invencible. Es pactar antes del roce. Qué quiero, qué no quiero, qué límites tengo. Es reconocer cuándo tu cuerpo te dice basta. Y escucharlo.

Es no normalizar el abuso entre nosotros, que pasa más de lo que admitimos. Nadie quiere hablar de eso porque rompe la fantasía de la «libertad». Pero la libertad no se construye sobre cuerpos vulnerables. Se construye sobre consentimiento claro, información y cuidado.

La reducción de daños me enseñó que la pregunta no es «consumes o no consumes», sino ¿entiendes lo que está pasando contigo? ¿Sabes cómo cuidarte? ¿Tienes a alguien que te escuche sin juzgarte? Eso hizo toda la diferencia.

Las personas que consumen no necesitan tener miedo. No necesitan sermones. No necesitan que alguien les diga «estás mal». Eso ya lo escucharon mil veces. Lo que necesitan es alguien que escuche, que entienda el contexto, que pueda hablar del tema sin ponerse incómodo.

Necesitan un terapeuta que sepa preguntar sin moral: ¿cómo te sientes cuando estás en ese espacio? ¿qué buscas? ¿qué te pasa después? ¿qué te preocupa? ¿qué te gustaría cambiar? Ese tipo de preguntas pueden salvar vidas.

Necesitan profesionales que entiendan el fenómeno del chemsex y del consumo en jóvenes no desde el escándalo, sino desde la realidad social: un contexto donde el placer, la identidad, el deseo, el estrés, la economía emocional y la soledad se cruzan.

Y sobre todo necesitan algo que yo no tuve al inicio: la posibilidad de hablar sin vergüenza.

Si ustedes logran ser profesionales que no se asustan, que no juzgan y que no reducen a una persona a su consumo, estarán haciendo algo profundamente transformador.

Comparto esto porque sé que mucha gente no puede decirlo. Porque todavía hay miedo, hay estigma, hay silencio. Y quiero que sepan que, desde su rol como psicólogos, ustedes pueden cambiar eso. Pueden ser quienes acompañen, quienes orienten, quienes pregunten de forma honesta, quienes miren la experiencia completa y no solo el síntoma.

Si yo hubiera tenido profesionales así cuando era más joven, les juro que muchas cosas habrían sido distintas.

Hace unos años hubiera dicho todo esto en voz baja.

Ustedes podrían ser quienes sostengan a tantas personas que no saben todavía que pueden pedir ayuda.


✍️ Piero Herrera Piero Cristian Herrera Morales es activista VIH+. Es el actual vicepresidente del Movimiento Homosexual de Lima (MHOL). Tiene estudios en Ingeniería de Sistemas y experiencia en proyectos culturales y comunitarios vinculados a diversidad, sexualidad y derechos. Su trabajo se enfoca en la reducción de daños, el consumo responsable de sustancias psicoactivas y la salud integral desde una mirada crítica frente al estigma.

Este fue su dicurso en el encuentro La química sexual, realizado en la Facultad de Piscología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, el 26 de noviembre del 2025.

🚫 Soma no promueve ni el consumo ni la venta de drogas. Nuestro compromiso es con el derecho a contar con información de calidad para opinar y tomar decisiones

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